Introducción
Hace 703 años moría en Rávena Dante Alighieri (1265-1321), el ilustre “padre” de la lengua italiana. Su fama se debe principalmente a la autoría de la Comedia, que se hizo famosa como Divina comedia, considerada la mayor obra escrita en lengua italiana y una de las piezas maestras de la literatura mundial.2 Expresión de la cultura medieval, filtrada a través de la lírica del dolce stil novo, la Comedia es también un vehículo alegórico de la salvación humana, que se materializa por medio del dolor y las angustias de los condenados en el Infierno, los castigos del Purgatorio y las glorias celestiales del Paraíso, permitiendo a Dante ofrecer al lector una visión de la moral y la ética universales (Imagen 1).

Imagen 1: La Divina comedia de Alfonso de Aragón, el Magnánimo (primera mitad del s. XV). Primera página del Infierno dantesco, con el escudo de la corona de Aragón. Archivo de la British Library, Yates Thompson 36.
Sin embargo, en este estudio no se contemplan los complejos logros literarios de Dante, sino, al contrario, su aporte político y, en particular, la mirada del florentino a la monarquía universal o imperio. Atención de quien escribe y de un conjunto infinito de investigadores que, desde hace siglos, continúa inquiriendo y analizando el aporte a la especulación filosófica, doctrinaria y política del gran poeta italiano.3 Por lo tanto, las preguntas a las cuales ahora se intentará dar respuestas son: ¿cómo ubicar el mando supremo de la cristiandad en el contexto de las guerras de los siglos XIII y XIV?; ¿cómo se configura el pensamiento político de Dante en la Comedia y en la Monarquía?; ¿cómo se soluciona el conflicto entre práctica y teórica políticas en su reflexión? Dante lamenta las discordias de que es víctima Italia y de estas importantes consideraciones es posible delinear -a través de una relectura de las fuentes y la amplia bibliografía sobre el tema- la política dantesca e intentar dar respuestas (desde luego, solo parciales) a estos cuestionamientos.
Dante entre práctica y teórica políticas
El 18 de noviembre de 1302, el pontífice Bonifacio VIII (1294-1303) promulgó la bula Unam sanctam, corolario de una larga polémica entre el papado y la monarquía francesa.4 El documento afirmaba que las dos espadas (o cuchillos), la espiritual y la temporal, pertenecían a la iglesia. Mientras que la primera espada era sostenida por la iglesia y los eclesiásticos, la segunda era agarrada por los príncipes para la iglesia, pero “según los mandos y la condescendencia del clero, porque es necesario que una espada dependa de la otra y que la autoridad temporal se mantenga sujeta a la espiritual”.5 Se trataba entonces de la más clara afirmación de la teocracia medieval, una reelaboración de la antigua teoría de la divisio gladiorum. Con todo, en el siglo XIV, la medida pontifical resultaba en contra de los tiempos:6 el imperio y las pujantes monarquías de Francia, Inglaterra y Aragón habían llegado por la vía de los hechos a imponer tributos al clero “nacional” para sostener sus operaciones bélicas.7 Se estaban perfilando las modernas monarquías que iban a romper con el dualismo imperio-iglesia, o sea, las dos potestades universales de la edad media: el emperador y el papa.
El florentino Dante Alighieri tenía entonces 37 años y era un político que, en la urbe toscana, militaba en la facción blanca (los bianchi), que disputaba el poder a los negros (negri). Dante, que murió en la noche entre el 13 y el 14 de septiembre de 1321, exiliado en Rávena, no era solo un poeta o escritor, fue también un político activo, un gentilhombre y como tal militó en la caballería (participó, por ejemplo, en la batalla de Campaldino, en 1289).
Dante obtuvo importantes encargos de gobierno en Florencia, entre ellos, perteneció al Consejo de Cientos, uno de los dos cuerpos colegiados que gobernaba la ciudad. Repetidas veces se encontró en contraste con la política papal y, en el fatídico año de 1302, fue enviado a Roma en una embajada que buscaba llegar a un acuerdo con el pontífice,8 pero fue retenido en la corte papal por largo tiempo, tal vez por la propia voluntad de Bonifacio, mientras el nuevo podestá de Florencia, Cante Gabrielli, lo condenaba a la hoguera y la confiscación de sus bienes. Dante, de hecho, exiliado, nunca más volvió a Florencia y engendró un vivo rencor hacia el papa, considerado responsable de su desgracia.
La Comedia de Dante es -como ya se ha comentado-, sin duda, la más compleja síntesis de la reflexión política medieval y de sus conexiones con la cultura y la sociedad. Sin embargo, generalmente, este texto no se encasilla como escrito político, sino, por el contrario, se acentúa su evidente faceta poética. No obstante esta usual lectura y definición de la Comedia, existe una larga tradición interpretativa, sobre todo en la historiografía y la especulación filosófica italiana, anglófona y alemana,9 que ha subrayado y sigue subrayando el peso del pensamiento político de Dante y su acción partidaria en la concepción de su más alta manifestación poética. Es la idea político-imperial que envuelve la filosofía y la ética de la Comedia dantesca. Conjuntamente, el pensamiento del florentino se explicita en otros relevantes escritos: el Convivio10 y la Monarquía.11 Según Italo Sciuto, estas dos obras además “son relevantes porque muestran la doble disposición filosófica de Dante, la popular y la creativa, la repetición fructífera de pensamientos ya dichos y la producción original de reflexiones que pretenden comunicar verdades nuevas e incómodas”.12
Un estrecho lazo entre Convivio y Monarquía se encuentra también en relación con el concepto de universitas: esbozado en el primer texto y desarrollado definitivamente en el segundo. Son las inteligencias angélicas, fuerzas motrices en virtud de su deseo de ser divina y jerárquicamente predeterminadas, que constituyen una civitas celestial, modelo de la terrenal que, con tareas diferentes, comparte la misma tensión hacia lo divino. Estas “inteligencias angelicales”, contemplando simultáneamente la belleza y el amor mujeril, en su centralidad teórica, constituyen el trasfondo de la noción de humanitas perfeccionada definitivamente en la Monarquía.13 Aquí, sin embargo, me enfocaré más en esa segunda obra, verdadero espejo de reflexión del ser político de Dante y, según Cesare Vasoli, “su obra teórica más original y madura”,14 pero sin dejar de lado las dotrinas dantescas de la Comedia.
En la base del pensamiento político de Dante se encuentran el imperio y el papado, que son los dos puntos referenciales para que cualquier cristiano pueda llegar a la salvación. La fe y la política, cada una en su esfera de pertenencia -esferas autónomas-, conforman el preámbulo necesario para que el cristiano pueda salir de la barbarie y así empezar su camino hacia la gloria de Dios.
Pese a que los acontecimientos italianos y europeos de los siglos XIV y XV desmintieron el proyecto político universalista del florentino, es incuestionable que su proyección en el más allá significó que Dante se transformó en una guía política.15 Él advirtió acerca de la exigencia de salir de la pugna que hería su Florencia, toda Italia y Europa. El poeta italiano se transfiguró en ejemplo y maestro de política: solo así era posible poner fin a los odios de bandas, a los asesinatos y a la ignorancia. En el periodo del exilio, Dante reflexionó acerca de las beligerancias que atormentaban Florencia y toda Italia, por las continuas escaramuzas entre nobles, principados y repúblicas, que degradaban los más altos valores humanos en las ciudades (los comuni). Dice Dante: “y tus vivos, en ti, no están sin guerra, y el uno al otro roe y acribilla” (en italiano: “Ed ora in te non stanno senza guerra/Li vivi tuoi, e l’un l’altro si rode”).16 Asimismo, Dante quiere ser un maestro de enseñanza civil, que haga comprender a los vasallos de príncipes, tanto laicos como eclesiásticos, lo que es imperioso para escapar del conflicto que desgarra Europa. Pretende ser un ejemplo para quienes lo lean y quieran educarse en la política, porque solo así se podría acabar no solo con la dureza, la crueldad de las luchas partidistas, la inmoralidad, sino también con la ignorancia.17
El Purgatorio dantesco está formado por tres secciones: Antepurgatorio (que es la base del espacio), Purgatorio y Paraíso terrenal, que ya es la entrada al cielo. En el Antepurgatorio, entre las almas de los caídos por muerte violenta, con el abrazo fraterno de los poetas Virgilio y Sordello da Goito, Dante comienza a lamentar las discordias de que es víctima Italia. Es una larga invectiva política que inicia con las palabras: “Ahi serva Italia, di dolore ostello,/nave sanza nocchiere in gran tempesta,/non donna di province, ma bordello!”.18 Estamos a mitad del VI canto y se prosigue hasta su último versículo.
El VI canto, de cada una de las tres partes o cantigas de la Comedia (Infierno, Purgatorio y Paraíso), es el lugar de la política: en el Infierno19 Dante trata las desaventuras sociopolíticas de Florencia, gracias al encuentro con Ciacco,20 con quien se analiza éticamente la situación de la urbe y se afirma de ella que está destrozada por el orgullo y la cobardía. En particular, centrándose en el tema del odio político, Dante se cuestiona cuándo terminarán estas represalias. Ciacco responde invitándole a preguntarse por qué la religión cristiana desarrolló estas revueltas que han puesto en crisis a Florencia, porque es muy grave -según Ciacco- que el odio político vaya incluso más allá de la religión misma.
En el Purgatorio amplía sus acusaciones a la península italiana en su conjunto. El poeta realiza un paragón con un navío sin timonel, como ya había escrito en la Monarquía o en las Epístolas, y poco después un caballo sin caballero, como en el Convivio. Hace siglos patrona de las provincias del impero romano,21 Italia se había convertido en un prostíbulo. No había nadie, príncipe o papa, que hiciera cumplir las leyes y tampoco magistrados que sancionaran los ilícitos: la Italia de Dante se encontraba tiranizada por los particularismos de nobles y plebeyos. Tal decadencia se debía, según Dante, a la crisis de las dos principales instituciones de la edad media: la iglesia, instrumento del poder espiritual, y el Sacro imperio romano germánico, detentor del poder terrenal.
El florentino denuncia que el césar había perdido el control de Italia, el jardín del imperio,22 relegando toda su atención a las provincias nórdicas y a sus conflictos. Entonces Dante incita los emperadores a regresar a Italia para constatar, ciudad tras ciudad, la catástrofe causada por las luchas civiles: “Ven a ver tu Roma, que llorando y viuda está, que día y noche clama: ’César mío, ¿por qué me estás negando?’” (en italiano: “Vieni a veder la tua Roma che piagne,/Vedova, sola, e dì e notte chiama:/Cesare mio, perché non m’accompagne?’”).23 Asimismo, ataca la pereza de algunos de ellos: después de Federico II de Hohenstaufen (1194-1250), el cargo imperial en Italia quedó desierto porque algunos mandatarios, entre ellos Rodolfo I de Habsburgo (1218-1291) y Adolfo de Nassau (antes de 1250-1298), lo abandonaron. En consecuencia, la iglesia obtuvo cada vez más poder con sus intervenciones directas en Italia, aprovechándose de las contiendas entre los municipios y señoríos del centro-norte, y que los franceses se establecieran en el sur.
El poeta llegó también a quejarse de Cristo, significativamente llamándolo Júpiter, como planeta príncipe de los astros, según la astrología occidental, insinuando su desinterés por Italia: “Oh sumo Jove, ¿puedo preguntarte, a ti, por nuestro bien crucificado, si diriges los ojos a otra parte?” (en italiano: “E, se licito m’è, o sommo Giove,/Che fosti ’n terra per noi crucifisso,/Son li giusti occhi tuoi rivolti altrove?”).24 Pese a que, luego, se preguntara si estas maldades enviadas por el Omnipotente, en realidad, escondían la simiente de un positivo porvenir todavía incomprensible a cualquier observador.
Sin embargo, la lectura política de Dante es muy clara, así como la responsabilidad de la crisis: el sufrimiento de la humana civilitas o universitas depende de la corrupción de la iglesia, porque ella se ha mutado en una potencia mundana, que anhela el control supremo del poder político. Es la desviación de la iglesia que cataliza todos los males, es su interés por el dominio de los bienes temporales lo que la ha convertido en iglesia-Estado. Se había abandonado el justo camino de los orígenes, de una iglesia espiritual o evangélica, cuyo ideal era la administración de la sola pobreza de Jesús, así como había predicado Francisco de Asís (1181/1182-1226).
Dante reconoce que el derecho canónico de los decretos papales (Decretales o Epistolae decretales) había suplantado a los textos sagrados25 y que los pontífices-políticos, exclusivamente interesados en conservar el dominio temporal de la iglesia, habían sido condenados al Infierno. Se trataba de algunos papas nepotistas y corruptos: Nicolás III (1277-1280), Bonifacio VIII y Clemente V (1305-1314).
Como los franciscanos espirituales o los adeptos de Joaquín de Fiore (c. 1130-1202), famoso teólogo italiano, Dante espera pues el “nuevo siglo”, la renovación espiritual y temporal de la iglesia, gracias a la guía iluminada de un nuevo papa angelical, que en la Comedia denomina “el Veltro”. Mientras que la reforma de la esfera temporal se daría con la llegada de un condottiero (jefe militar) que renovaría el imperio. La esperanza de un nuevo siglo, con el triunfo de una iglesia espiritual y de una monarquía universal, que a través de un diestro césar restaure el orden, la paz y la libertad, se evidencia con claridad en los últimos cánticos del Purgatorio, en los cuales Dante describe la visión del carruaje alegórico que representa la iglesia y su historia. Dante describe en el emblema del carruaje la presencia del Anticristo en la iglesia,26 visible iconográficamente también en un manuscrito del siglo XIV-XV, conservado en la Biblioteca Nacional de Nápoles, en donde se reproduce el texto de la Comedia(Imagen 2).

Imagen 2: Carruaje alegórico con la presencia del Anticristo en la iglesia (Purgatorio, XXXII), Divina comedia, manuscrito del s. XIV-XV. Archivo de la Biblioteca Nazionale “Vittorio Emanuele III” de Napoles (BN, B. Branc. Sez. Dant. A 16).
La Monarquía
A la concepción política del imperio Dante dedicó un texto concluyente: la Monarquía. En este tratado se clasifican y analizan las razones que justifican la autonomía e independencia del imperio hacia todos los poderes eclesiásticos y se argumenta sobre la superioridad del imperio en relación con otras comunidades políticas inferiores: monarquías, ducados, otros principados y las repúblicas. Dante procura diseñar un “modelo ideal” de imperio y de esa manera escribe: “la monarquía temporal, igualmente llamada imperio, es así aquel principado único que está sobre todos los demás principados en lo temporal o, en otras palabras, sobre todas las cuestiones de orden temporal”.27
Son tres los temas cardinales que se plantean en su escrito: en primer lugar, se pregunta si la monarquía es necesaria para el bien del mundo;28 en segundo lugar, si el pueblo romano se atribuyó, para sí mismo y de iure, el gobierno monárquico; finalmente, en tercer lugar, si la autoridad del soberano depende de Dios directamente o de un tercero, un legado o un vicario.29 La Monarquía es una indagación acerca del fundamento de la autoridad política, como centro unificador de todas las pautas humanas, sobre la naturaleza de la sociedad y de sus diversas formas de organización, de los vínculos entre esta y el orden espiritual, representado por los poderes eclesiásticos a la luz de la teología y la filosofía escolásticas. Dante es un profundo conocedor de los escritos de Tomás de Aquino30 y su intelecto estaba dominado por el espiritualismo franciscano y el averroísmo del siglo XIV.31
No obstante estas premisas teóricas y filosóficas, según Dante la política es esencialmente el estudio de la práctica, de las medidas alternativas que se pueden tomar en un enrevesado ajedrez: todo lo político está sometido al poder del individuo y al género humano, la materia objeto de su indagación no se ordena primordialmente a la especulación, sino a la acción.32 Como ha demostrado la filosofía clásica y, después, santo Tomás, hay que individualizar el principio desde el cual se realizan las acciones, principio que corresponde al objetivo de las mismas. En la especulación política y cuando esta especulación se trasforma en escrito, sobre el pensamiento político o el doctrinarismo político, hay que poner en el centro discursivo la práctica, la acción. De aquí la modernidad de Dante y la continuidad de su pensamiento en el de otro magno florentino, Nicolás Maquiavelo.33 Así, el Dante politólogo ante litteram, el Dante de la Monarquía, no es un teórico, es un reformador de la sociedad y del andamiaje político. El florentino es el primer pensador -por esa razón, universal- que comprueba filosóficamente el proyecto de un ordenamiento temporal y universal para todo el género humano. Su idea es casi una copia laicizada de la noción religiosa de ecclesia, en la cual el emperador se responsabiliza de un papel ministerial, parecido al del pontífice romano, pero un pontífice-filósofo, para enderezar a los hombres hacia su último fin. El monarca se alinea como eje de justicia “porque representa el encuentro lógicamente necesario […] entre máxima competencia filosófico-moral y máximo poder político”.34
Precisamente, en la Monarquía tenemos otra coordenada, otra idea de la universalidad típica de la edad media:35 la cristiandad no es unidad de fe, en donde el césar ocupa una posición interna en la iglesia, en donde la única razón que justifica la existencia del imperio es la unidad en el sublime cuerpo eclesial. Según Dante, la unidad se da por la unión de todos los seres humanos en la razón universal, único resultado de la naturaleza.
El cimiento del orden político y la organización que le corresponde deben ser amalgamados con los fines de la vida del ser humano, que surgen de la búsqueda de la verdad y del consecuente desarrollo de las capacidades intelectuales. Para que el intelecto humano, que inicialmente es potencial, pueda traducirse en acción -y conocer así la verdad- resulta indefectible la colaboración entre todos los seres humanos. El deseo de conocer es el nudo esencial que hace de todos los hombres una unidad: el género humano. El conocimiento, la ciencia, la erudición son procesos colectivos; ellos son típicos elementos de la vida humana que requieren la colaboración solidaria de todos. Pero este objetivo puede ser alcanzado solamente en una situación de paz. La concordia entre los hombres es la condición indispensable para que cada uno pueda acceder a los logros de los demás, obtener los resultados de las obras de otros sujetos sociales. Pero la paz no se puede limitar a una sola comunidad política, sino que debe reinar entre todas las asociaciones que conforman la cristiandad, solo así los hombres pueden conseguir aquella cooperación que es imprescindible para que cada uno llegue a desenvolver plenamente sus capacidades intelectuales.
Sin embargo, la paz universal se puede adquirir solo si los seres humanos reconocen un orden político superior, que los proteja. Este orden superior es el imperio. Concetto Martello ha subrayado cómo en Dante este reconocimiento intelectual de un sumo orden político lo llevó a tomar conciencia de la necesidad casi providencial de la paz como condición para la realización plena de esta naturaleza, garantizada exclusivamente por la monarquía universal.36
Dante asevera que: “todo género humano se orienta hacia un objetivo […]; así resulta necesario que haya solo un sujeto que lo enderece y lo gobierne, y este se debe llamar Monarca o Emperador. Es así que resulta demostrado que la Monarquía, o Imperio, es necesaria para el buen ordenamiento del mundo”.37 Y el único ordenamiento posible se puede realizar en la paz universal. En su reino el césar posibilita la colaboración entre los hombres y, visto que el género humano se orienta hacia un fin común, que consiste en conocer la verdad, hay que concluir que debe existir un emperador universal que sujete a la tierra. Existen así numerosas y particulares sociedades, pero, no obstante este particularismo, el hombre, estimulado por su deseo de conocer, supera su limitación social para alcanzar formas más complejas de asociacionismo con otros similares. El imperio representa justamente el remate de las formas sociales, porque es el cuerpo político “ecuménico” por antonomasia, que realiza el principio de la unidad del género humano, permitiendo una solidaria unificación de las cuantiosas comunidades políticas, las grandes y las pequeñas, para efectivizar la cooperación entre súbditos y vasallos.38
Se considera al imperio como la inexcusable coordinación de las menores comunidades políticas, cada una autónoma en sus ámbitos, pero subordinadas al señorío del césar en relación con los posibles aprietos que podrían surgir en el seno de cada una de ellas o entre comunidades. Como justificadamente ha evidenciado Julius Kakarieka, el requisito del imperio universal “rebasa y complementa el sistema aristotélico-tomista”. Ahora bien, la idea no era totalmente original. Los anhelos universalistas:
[…] habían aflorado ya antes en distintas oportunidades: entre los estoicos, en la poesía de Virgilio, en la filosofía agustiniana, en el ideario político de los Imperios carolingio y otomano y, en una fecha relativamente reciente, en la mística imperial de los últimos Hohenstaufen. Dante es, en este aspecto, un inveterado tradicionalista, empeñado en preservar la fidelidad a los grandes valores del pasado.39
Justicia y libertad son los dos ejes que fundamentan y confieren legitimidad al imperio universal. La justicia es el primer principio constitutivo y en el choque entre dos contrincantes debe existir un cuerpo superior que resuelva el conflicto, según las normas y la tradición. La jurisdicción (iurisdictio) del emperador ocupa el más alto escalón en la jerarquía de las justicias particulares, ella regula los litigios entre privados, entre privado y comunidad y entre comunidades. Ejercer esta jurisdicción permite solucionar las querellas y garantizar la paz del género humano.40
El imperio es insustituible también como garantía de libertad de los vasallos:41 “el género humano vive en su condición más perfecta cuando es máximamente libre”.42 El imperio corrige las formas degeneradas de gobierno, que reducen los hombres a esclavos, en el sentido que, subordinados a los fines degenerados de los gobernantes, ellos ya no viven por si, por su propia felicidad. Dante, retomando el concepto de libertad de la escolástica, considera que ella radique en el libre albedrío: el hombre puede juzgar sus deseos y pasiones sin ser condicionado por ellos. La libertad así interpretada es el segundo principio constitutivo del hombre y actúa rectamente en un cuerpo político íntegro y superior: el imperio. El justo y libre gobierno se puede realizar solo en el orden temporal, en el cual existe un poder superior e independiente, que permite corregir las formas corruptas de gobierno y esta es la función de la justicia administrada por el césar.
En la segunda parte de Monarquía Dante ratifica que el Sacro imperio romano es la fuente primigenia de todas las demás autoridades políticas y recurre a una hipótesis teórica muy interesante: el imperio actual es la legítima continuación del imperio romano. O sea, desde la auctoritas del imperio romano se llega a la nueva potestad del germánico. El pueblo romano ha merecido el privilegio de la auctoritas -que asimismo es un derecho- gracias a su virtud y su nobleza. Además, el pueblo ha resguardado toda potestad imperial. La idea de que la primera unificación de los pueblos mediterráneos, europeos y asiáticos, bajo la efigie del imperio romano, haya servido para garantizar la paz, es un tema recurrente de la historiografía medieval,43 que ha recalcado el valor universal de la pax romana. En eso Dante no se aleja de la lectura tradicional, aun así, se le añade ahora un valor altamente positivo, que se inserta en el mismo propósito providencial de la historia, alejándose del pesimismo agustiniano: la novedad es representada por el derecho. Retomando a Cicerón y Séneca, Dante afirma que, si el objetivo del derecho es el bien común, los romanos, proponiendo el bien común de los ciudadanos, alcanzaron el fin del derecho y así su gobierno es de derecho. Este designo se evidencia también por la naturaleza de las instituciones políticas, inspiradas en la piedad (pietas), la justicia (aequitas), la paz y la libertad de los pueblos. No hay que olvidar las pautas heroicas de los romanos y de sus césares, que, para el bien de la comunidad de los ciudadanos, desdeñaron los lujos, resistieron a persecuciones y sacrificaron sus vidas.
El heredero germánico de los emperadores romanos, de hecho, guiado por el derecho y el conocimiento filosófico, es el único que puede dominar con sabiduría y decidir con ecuanimidad, logrando, contra toda libido dominandi, la felicidad colectiva y la armonía entre los diferentes reinos, una “unidad pacífica” en las leyes que es símbolo de la unidad divina de la que deriva directamente.
El gran invento romano del derecho es la verdadera expresión del orden a través del cual se constituye cualquier colectividad. Solo por el derecho se puede garantizar la consecución del bien común. Así, la historia romana demuestra que su pueblo ha merecido plenamente el dominio sobre las otras urbes del mundo conocido, porque gracias a sus épicas manifestaciones de la virtud se ha abierto el camino para alcanzar la paz, sirviendo de modelo para las generaciones futuras.
En el último libro de Monarquía se argumenta y demuestra la independencia del imperio con respecto a la iglesia. Después de reseñar los antagonistas de su tesis (papas, obispos, teólogos, jefes políticos antiimperialistas, etcétera), Dante confuta nueve argumentos: seis extrapolados de los textos sagrados, dos de la historia y uno de la razón.
La sucesión de los emperadores es legítima: de la potestad del césar romano se pasó a la del emperador de Oriente, luego, por la translatio imperii, a Carlomagno y los demás emperadores del Sacro imperio romano germánico, hasta Enrique VII,44 que recorrió el camino completo para la llegada al trono imperial. Además, la sede natural del imperio es Roma, y Dante reprocha a los pontífices la misérrima condición en que se encontraba la ciudad eterna y desea su restitución al césar, sustrayéndola así a las reivindicaciones temporales del papa. A este tampoco le reconoce poder temporal alguno, y cree nula la donación del emperador Constantino, que fue funesta para el imperio, porque rompió su antigua unidad,45 pero también para la misma iglesia, porque vició su forma originaria, que era la pobreza evangélica.
A través de algunas similitudes y otras figuras retóricas, la independencia del emperador se prueba con algunos argumentos que se refieren a los fines propios de la vida humana, fines que han sido patrocinados por la voluntad divina y la revelación. Uno es sin duda la perfección terrenal, que se materializa en el jardín de delicias del Antiguo testamento, que el hombre debe reedificar activando todas las virtudes humanas. El otro es la felicidad de la vida eterna. El florentino dice que la providencia:
[…] ha puesto así frente al hombre dos fines que alcanzar: la felicidad de esta vida, que consiste en la explicación de su específica facultad, y se simboliza en el paraíso terrenal, y la felicidad de la vida eterna, que consiste en el gozo de la visión de Dios, y constituye el paraíso celestial; a ella la específica facultad del hombre no puede elevarse sin el socorro de la luz divina.46
Solo a través de la enseñanza filosófica, puesta en la práctica de las virtudes morales e intelectuales, y los preceptos divinos, que transcienden la razón humana, se puede conseguir la perfección en este mundo. Una ardua empresa, según el poeta, que insiste en la importancia de limitar o sustraerse de las pasiones desmesuradas. El ser humano debe ser gobernado para que pueda vivir en libertad y así satisfacerse con los beneficios de la paz. Por esa compleja razón se justifica la distinción entre las dos esferas de poderes: la temporal y la espiritual; razón que afianza la plena soberanía de la primera. Pues los emperadores son designados por Dios mismo, por la vía de la determinación de los “grandes electores”, que solo son intermediarios, que ejercen una deliberación, manifestando una voluntad que es superior, la divina, que se confirma a través de la bendición papal. Pero las dos potestades son definitivamente independientes.
El pensamiento dantesco es la primera afirmación cabal de la supremacía del saber, de la ciencia, que conforma la razón de ser de su monarquía universal. El Estado pensado por el florentino es un Estado-cultura y su política es moderna. Dante es, muy probablemente, el primer hombre contemporáneo, y no escribe porque sea miembro de una agrupación estamental o porque sea un oficial del imperio, su ímpetu surge porque posee conciencia de su determinada responsabilidad como individuo cosmopolita. Él tiene que participar de alguna manera en la vida que le tocó vivir, en su época, y con plena independencia intelectual contribuir a subrayar virtudes y errores. El cosmopolitismo de Dante se expresa en el principio de libertad: él es por sí mismo y no opina por el poder de este o aquel cuerpo político. Y como ya ha recordado Alberto Asor Rosa,47 Dante ha puesto los cimientos de la consciencia laica de la cultura moderna.
Conclusiones
La tesis de Monarquía, “su coherente averroísmo político”, representa una ruptura con la tradición medieval predominante, lo que puede justificar, en parte, la rígida definición de Giovanni Gentile,48 según la cual hay que leer este juicio como el “primer acto de rebelión” contra los fundamentos del escolasticismo, ya que Dante “niega valor de lo trascendente en el dominio de la ley humana” y por tanto -paradójicamente- es el primer escolástico, tomista además (aunque de manera crítica), que perturba el “orden” de sus antiguos postulados.49 La misma opinión tiene Cesare Vasoli, quien interpreta a Dante como pensador que “vive en la frontera de dos mundos”, en el linde entre la nostalgia de una gran tradición y la espera casi escatológica de una edad nueva.50
Finalmente, Dante fue acusado, por un lado, de ser partidario de la dominación alemana en Italia, mientras que el florentino - como ya se ha recalcado- es un hombre cosmopolita y su imperio no es ni alemán ni italiano; por otro lado, fue elogiado por ser el precursor de la unidad de Italia sobre la base de la falsa equivalencia de rex romanorum y rey de los italianos.51 En realidad, Dante Alighieri es solamente un “moderno” y su pensamiento político se puede leer desde una óptica secularizadora, que rompe el dilema entre política práctica y política teórica: única manera para terminar con las discordias de las cuales eran víctimas la península italiana y toda Europa. Por lo tanto, a la luz del análisis realizado, resulta vital rebajar el tono cortesano de la sabiduría, haciéndolo accesible a todos, para orientar a súbditos y vasallos hacia las herramientas útiles para la paz. Solo así puede finalmente confiarse la política a los verdaderos nobles, a quienes no gobiernan ni ocupan cargos en función del linaje o la descendencia, sino por sus virtudes morales y erudición, generando la paz en Italia y en Europa a través de la justa retribución de las responsabilidades: dando al césar lo que es del césar y a los papas los que es de los papas.
Solamente la monarquía universal consigue restablecer el orden, la armonía y la justicia: el emperador es el único cuerpo de poder que no puede ser corrompido por los vicios de la avaricia, el orgullo y la codicia, ya que su máximo dominio procede directamente de Dios. Dicho esto, el césar y el imperio son las únicas instituciones que sirven para revivir las fortunas italianas y europeas, unificando el mundo cristiano, asegurando la concordia y que todos los hombres puedan alcanzar la felicidad terrenal.
En conclusión, se ha intentado -creemos, justificadamente- redibujar la teoría política dantesca e intentar dar respuestas a antiguos interrogantes, pero se trata únicamente de una propuesta, entre otras más, todas legítimas y plausibles.