Introducción
El universo relacional de cada persona presenta fluctuaciones a lo largo de la vida y se configura de acuerdo con sus características idiosincrásicas y trayectoria vital, siendo el sexo y la edad apuntadas como marcadores sociales centrales en la configuración de las redes sociales personales. Estas, asimismo, presentan una enorme mutabilidad, determinada por los atributos personales, pero también por un proceso de transacciones y dinámicas influenciadas por las opciones, intereses, circunstancias, limitaciones, acontecimientos relevantes y condiciones de vida (Cochran, 1991; Daniel, Ribeiro, & Guadalupe, 2011; Ginn & Arber, 1996; Meléndez-Moral, Tomás-Miguel, & Navarro-Pardo, 2007). A lo largo de la vejez, las características y cambios en las redes asumen particular interés, ya que se agudiza el envejecimiento de la población en el mundo occidental, así como influyen los desafíos de potenciar el bienestar en una vida más larga.
Si nos referimos a las redes egocentradas en el ciclo de vida a partir de la variable edad, verificamos fluctuaciones diacrónicas marcadas por períodos de expansión y de retracción (Meléndez-Moral et al., 2007; Olsen, Iversen, & Sabroe, 1991; Sluzki, 1996).
En una perspectiva evolutiva de la red social, podemos identificar tres grandes fases secuenciales (Daniel et al., 2011; Meléndez-Moral et al., 2007; Sluzki, 1996). En primer lugar, una curva expansionista en las primeras fases de vida, por la incorporación de relaciones significativas establecidas en la infancia y la adolescencia, con progresiva autonomía, particularmente asociados a la escuela. La segunda fase correspondería a un período de estabilidad relacional en la vida adulta, asociado a la conyugalidad, a la parentalidad y a la relación con la vida laboral, pudiendo asociarse a movimientos de retracción y de expansión en las redes, dependiendo de eventuales roturas y de las dinámicas centrípetas o centrífugas que se operan, así como a las “entradas y salidas” de miembros en la vida familiar (Moore, 1990; Relvas, 1996). En tercer lugar, cabe mencionar la última etapa de la vida, que muestra una tendencia de retracción en la red social.
En las edades más avanzadas, la jubilación y las pérdidas son factores de potencial de desactivación relacional (Fonseca, 2005, 2009, 2011; Olsen et al., 1991; Paúl, 2005; Sluzki, 1996), siendo estas pérdidas relacionales y generacionales fracturas en las referencias identitarias y en la autonomía (Arber, Davidson, & Ginn, 2003; Sousa, Figueiredo, & Cerqueira, 2004). Especialmente, encontramos un conjunto de posibles vulnerabilidades que son obstáculos en el mantenimiento y renovación de los lazos en la vida cotidiana, en particular una mayor selectividad emocional frente al tiempo limitado de esperanza de vida, cortes relacionales, acomodación, declive físico y cognitivo, institucionalización, entre otros determinantes interpersonales (Arias, 2009; Carstensen et al., 1999; Daniel et al., 2011; Meléndez-Moral et al., 2007; Paúl, 2005; Rioseco, Quezada, Ducci, & Torres, 2008; Sluzki, 1996; Sousa et al., 2004).
A pesar de que hay una enorme variabilidad en las trayectorias de vejez -en esta fase se exploran nuevos contextos de fomento de la interacción e integración de nuevos vínculos- (Arias, 2009), la tónica de los abordajes a las redes en las etapas finales del ciclo vital es deficitaria. El movimiento de retracción en la red es, por lo tanto, metafóricamente evocada por Sluzki (1996) como una extinción progresiva de la galaxia en la fase más tardía de la vida, subrayando una asociación negativa entre la edad y el tamaño de la red. (Cornwell, Laumann, y Schumm, 2008)
El sexo es otro marcador social que ha asumido una relevancia comprensiva en los estudios de las redes sociales personales. Se han señalado distintas configuraciones en la estructura reticular entre hombres y mujeres (Arber et al., 2003; Ibarra, 1997; Keith, 1986; Marsden, 1987; Moore, 1990; Scott y Wenger, 1996). Las redes de las mujeres tienden a ser predominantemente compuestas por familiares, mientras que las de los hombres son más diversificadas, incluidos más compañeros de trabajo y vínculos comunitarios (Marsden, 1987; Moore, 1990). Aunque las redes sociales de las mujeres son menos fuertes en el capital social (Monteiro, 2012), la forja de los vínculos se les atribuye a menudo. (Portugal, 2014; Sousa y Vicente, 2010)
Los estudios que abordan diferencias de las redes sociales personales según el sexo han adoptado perspectivas individuales y estructurales. La primera se centra en las preferencias personales, sugiriendo que las mujeres prefieren relaciones más intensas y de mayor reparto y apoyo emocional, mientras que los hombres buscan relaciones más instrumentales (Ibarra, 1997). La segunda postula el peso de los factores estructurales en la determinación de tales distinciones; en particular, las oportunidades y las limitaciones estructurales, tales como posiciones en la familia, escolaridad, mercado de trabajo y rendimientos. (Fischer & Oliker, 1983; Moore, 1990)
Algunas diferencias en las redes de hombres y mujeres han sido asignadas al género (Hajek et al., 2016; Moore, 1990), ya que se construyen socialmente y determinan papeles y funciones diferenciadas (Monteiro, 2012). Las marcas generacionales de los ancianos contemporáneos asocian una mayor participación en el mercado de trabajo y de participación comunitaria a los hombres en comparación con las mujeres (Campos, Ferreira, & Vargas, 2015), siendo las redes de estas marcadas más frecuentemente por el trazado familiar, lo que trae diferentes configuraciones en las redes, así como diferencias funcionales, a nivel del apoyo social. (Gianordoli-Nascimento y Trindade, 2002; Neri, 2001; Nogueira, 2001)
Paralelamente, y en un sentido opuesto, se ha llamado la atención sobre una posible “desgenerización” en las edades más tardías que tiende a atenuar diferencias (Silver, 2003; Verbrugge, Gruber-Baldini, y Fozard, 1996; Wilson, 1996), aunque persistan distintos perfiles a nivel socioeconómico (Silver, 2003).
Material y métodos
Participantes
El estudio utilizó una muestra no probabilística de 612 ancianos residentes en Portugal, que firmaron un consentimiento informado. Han participado 386 mujeres (63.1%) y 226 hombres (36.9%) con edades entre 65 y 98 años de edad (M = 75.6; DP = 7.6). En cuanto al estado civil, 44 individuos (7.2%) son solteros, 321 (52.5%) están casados, 221 (36.1%) son viudos y 26 (4.2%) están divorciados; 130 (21.2%) viven solos y 482 (78.8%) viven acompañados; 540 (88.2%) tienen hijos y 72 (11.8%) no tienen. Con respecto a las habilitaciones académicas, 190 participantes (31.1%) no tienen escolaridad, 314 (51.3%) poseen el 4.º año de Primaria, 73 (11.9%) tienen la Enseñanza Secundaria y 35 (5.7%), curso superior.
Instrumentos
Usamos el Instrumento de Análisis de la Red Social Personal (IARSP) (Guadalupe, 2016), un inventario multidimensional que caracteriza a la red social personal, en la versión IARSP-Ancianos (Guadalupe, 2017; Guadalupe & Vicente, 2012). El IARSP utiliza un generador de red con listado libre de miembros nombrados que se enfoca en los aspectos relacional y afectivo, contemplando también el abordaje de intercambio (van der Poel, 1993), pidiendo que los participantes nombren a las personas con que se relacionan o son significativas en su vida y lo apoyan, solicitando posteriormente información sobre la relación con cada uno de los miembros.
Hemos analizado las variables de la red social personal en sus dimensiones estructural, funcional y relacional-contextual, siguiendo una conceptualización tridimensional (Guadalupe, 2016). La dimensión estructural incluye: 1) tamaño de la red; 2) composición de la red por campos relacionales (relaciones familiares, de amistad, de vecindad, con compañeros de trabajo, institucionales); 3) distribución de la red-proporción de los campos relacionales en el tamaño de la red; 4) densidad. La dimensión funcional integra: 1) percepción del apoyo social (emocional, material e instrumental, informativo, compañía, acceso a nuevos contactos); 2) reciprocidad de apoyo. La dimensión relacional-contextual incluye: 1) durabilidad de los lazos; 2) frecuencia de contactos; 3) dispersión geográfica; 4) heterogeneidad de edad y sexual en la red.
Análisis estadístico
Se realizaron análisis descriptivos de las variables recogidas y se efectuaron ANOVA de dos vías para explorar los efectos principales del sexo y de la edad en las diferentes características de las redes. Las comparaciones post hoc se realizaron utilizando la prueba Tukey HSD. En el análisis, los participantes fueron categorizados en tres grupos de edad: «viejo-joven» (65 a 74 años, n = 299, 48.9%), «viejo-viejo» (75 a 85 años, n = 238, 38.9%), y «viejo de edad avanzada» (mayores de 85 años, n = 75, 12.3%).
Resultados
A nivel estructural, la red de los participantes presenta un tamaño medio de 7.90 (DP = 5.23) individuos (variando entre 1 y 40), una densidad media que se aproxima al nivel máximo de cohesión, es decir, del 100% (M = 95.87%; DP = 12.02) y una composición mayoritariamente familiar (M = 75.94%). En cuanto a las características funcionales, los datos apuntan hacia un apoyo percibido elevado en los diversos tipos considerados, destacándose lo emocional. La reciprocidad es igualmente elevada: la percepción que cada individuo tiene respecto al apoyo que da a su red. En lo que se refiere a las características relacionales-contextuales, la durabilidad media de las relaciones con los miembros de la red refleja una estabilidad acentuada, compuesta por vínculos temporales largos (40 años, aproximadamente). La frecuencia de contactos se hace algunas veces a la semana, a pesar de que la dispersión geográfica es relativamente elevada, no centrándose únicamente en su lugar de residencia o su entorno vecinal (Tabla 1).
v | DE | Mo | Mín. | Máx. | |
Características estructurales | |||||
Tamaño de la red (1) | 7.90 | 5.23 | 6,00 | 1.00 | 40.00 |
Composición de la red (2): | |||||
Relaciones familiares en la red | 75.94 | 27.83 | 100,00 | 0.00 | 100.00 |
Relaciones de amistad en la red | 12.83 | 20.52 | 0,00 | 0.00 | 100.00 |
Relaciones de vecindad en la red | 7.84 | 16.76 | 0,00 | 0.00 | 100.00 |
Relaciones de trabajo en la red | 0.64 | 4.58 | 0,00 | 0.00 | 57.14 |
Relaciones institucionales en la red | 2.76 | 11.37 | 0,00 | 0.00 | 100.00 |
Número de campos relacionales (5) | 1.75 | 0.80 | 1,00 | 1.00 | 4.00 |
Nivel de densidad de la red (2) | 95.87 | 12.02 | 100,00 | 0.00 | 100.00 |
Características funcionales (3) | |||||
Apoyo emocional | 2.64 | 0.38 | 3,00 | 1.25 | 3.00 |
Apoyo material e instrumental | 2.21 | 0.55 | 3,00 | 1.00 | 3.00 |
Apoyo informativo | 2.37 | 0.49 | 3,00 | 1.00 | 3.00 |
Compañía | 2.33 | 0.46 | 3,00 | 1.00 | 3.00 |
Acceso a nuevos contactos | 2.19 | 0.60 | 3,00 | 1.00 | 3.00 |
Reciprocidad de apoyo | 3.33 | 0.94 | 4,00 | 1.00 | 4.00 |
Características relacionales-contextuales | |||||
Durabilidad de los lazos (en años) | 39.79 | 11.51 | 34,00 | 3.00 | 74.00 |
Frecuencia de contactos (4) | 3.87 | 0.91 | 5,00 | 1.00 | 5.00 |
Dispersion geográ- fica (4) | 3.20 | 0.89 | 3,00 | 1.00 | 5.00 |
(1) Número de miembros enumerados de la red sin límite de lista de miembros.
(2) Proporción de cada campo en el tamaño de la rede: Varía entre 0 y 100 (en porcentaje).
(3) Varía entre 1 y 3 (excepto la reciprocidad: de 1 a 4). Cuanto mayor es el valor, mayor es el apoyo percibido y la reciprocidad.
(4) Varía entre 1 (menor dispersión y menor frecuencia de contactos) a 5 (mayor dispersión y mayor frecuencia de contactos).
(5) Varía entre 1 y 5, siendo considerados los siguientes campos rela-cionales: relaciones familiares, de amistad, de vecindad; de trabajo y institucionales.
En su mayoría, las redes son heterogéneas tanto en el sexo (64.7%) como en la edad (54.1%), es decir, tienen una composición diversa de mujeres y hombres y de grupos de edad. Cuando son homogéneas prevalecen las redes con mujeres con miembros adultos (Tabla 2).
n | % | |
Homo/Heterogeneidad de sexo | ||
Heterogénea | 396 | 64.7 |
Homogénea sexo femenino (>=75% de los miembros de la red) | 163 | 26.6 |
Homogénea sexo masculino (>=75% de los miembros de la red) | 53 | 8.7 |
Homo/Heterogeneidad de edad | ||
Heterogénea en la edad | 331 | 54.1 |
Homogénea en el grupo anciano (>=75% de los miembros de la red >=65 años) | 60 | 9.8 |
Homogénea en el grupo adulto (>=75% dos miembros de la red 18-64 años) | 214 | 35.0 |
Homogénea en el grupo joven (>=75% dos miembros de la red <18 años) | 2 | 0.3 |
N/R (No Responde) | 5 | 0.8 |
Elaborada por las autoras
La interacción entre los grupos de edad y el sexo no fue estadísticamente significativa cuando analizamos las diferentes características estructurales de la red. Sin embargo, hay algunos efectos principales que cabe señalar en relación con los grupos de edad: en la proporción de las relaciones institucionales en la red (F(2,606) = 3.785, p = .023), en el nivel de densidad (F(2,561) = 5.87. p = .003) y en los campos relacionales (F(2,606) = 3.121, p = .045).
Las comparaciones post hoc revelaron, en el caso de la proporción de las relaciones institucionales de la red, que las puntuaciones medias de los viejos-jóvenes (M = 2.30, DP = 11.70) eran significativamente diferentes de las de los viejos de edad avanzada (M = 6.48; DP = 17.84) y que la puntuación de los viejos-viejos (M = 1.92, DP = 7.52) era también diferente de los viejos de edad avanzada (M = 6.48; DP = 17.84). En lo que concierne al nivel de densidad de la red, las puntuaciones medias de los viejos-jóvenes (M = 94.86, DP = 13.51) eran significativamente diferentes de las puntuaciones de los viejos-viejos (M = 97.74, DP = 8.91), tal como la puntuación de los viejos-viejos (M = 97.74, DP= 8.91) era diferente de la de los viejos de edad avanzada (M = 93.90; DP = 13.70). Las comparaciones post hoc mostraron diferencias estadísticamente significativas entre los grupos al nivel de 0.10, siendo el número medio de campos relacionales viejos-jóvenes (M = 1.81, DP = 0.79) diferente de los viejos-viejos (M = 1.66; DP = 0.80) (Figura 1).
También cuando analizamos las características funcionales de la red, la interacción entre los grupos de edad y el sexo no fue estadísticamente significativa. Sin embargo, hay algunos efectos principales que deben subrayarse respecto a los grupos de edad: en el acceso a nuevos contactos (F(2, 606) = 3.308, p = .037) y en la reciprocidad de apoyo (F(2,606) = 3.781, p = .023). Las comparaciones post hoc revelaron que las puntuaciones medias para el acceso a nuevos contactos de los viejos-jóvenes (M = 2.23, DP = 0.56) eran significativamente diferentes de las de los viejos de edad avanzada (M = 2.01; DP = 0.62), así como las puntuaciones de los viejos-viejos (M = 2.03, DP = 0.64) eran diferentes de las de los viejos de edad avanzada (M = 2.01, DP = 0.62). En la reciprocidad de apoyo las puntuaciones medias de los viejos-jóvenes (M = 3.40, DP = 0.84) eran significativamente diferentes de las de los viejos de edad avanzada (M = 2.99, DP = 1.12), así como las puntuaciones de los viejos-viejos (M = 3.35, DP = 0.96) eran diferentes de las de los viejos de edad avanzada (M = 2.99, DP = 1.12) (Figura 2).
La interacción entre los grupos de edad y el sexo no fue estadísticamente significativa para la durabilidad media de las relaciones con los miembros de la red, la frecuencia de los contactos o la dispersión de la residencia. No obstante, se observaron efectos significativos de los grupos de edad en la durabilidad (F(2, 600) = 5.071, p = .007) y en la dispersión de la residencia (F(2, 606) = 3.06, p = .048). Las comparaciones post hoc revelaron que la durabilidad relacional media de los viejos-jóvenes (M = 38.12, DP = 10.55) eran significativamente diferentes de las de los viejos-viejos (M = 41.59; DP = 11.95). En lo que se refiere a la dispersión geográfica, las puntuaciones de los viejos-viejos (M = 3.31, DP = 0.95) eran diferentes de las de los viejos de edad avanzada (M = 3.05; DP = 1.02) (p < 0.10) (Figura 3).
Discusión
A pesar de que los análisis estadísticos no han revelado diferencias sustanciales en la red en relación con la edad o el sexo, cabe subrayar que las mujeres y los hombres de la muestra tienden a presentar características sociodemográficas distintas, siendo que las primeras son más frecuentemente viudas y solteras, sin escolaridad, viven solas y recurren más frecuentemente al apoyo de servicios que los hombres. Considerando que la literatura reporta que los recursos socioeconómicos y educativos tienen un impacto significativo en la construcción de las redes (Cochran, 1991), es importante focalizar en el papel de estas variables en estudios posteriores.
A nivel estructural, las redes sociales de los ancianos tienden a presentar un tamaño medio de 8 miembros, con una composición centrada en las relaciones familiares y una densidad elevada. Hay algunas diferencias cuando nos centramos en la dimensión estructural teniendo en cuenta los grupos de edad y el sexo. Sin embargo, estas diferencias sólo resultan estadísticamente significativas en el caso de las proporciones de las relaciones institucionales según la edad. La diferencia parece indicar que el recurso a redes secundarias tiende a ser “empujado” para edades más tardías, apareciendo la institucionalización como última opción. (Bazo, 1991)
Es relevante señalar la ausencia de diferencia significativa en el tamaño de la red según las edades, a pesar de que el grupo de edad de los viejos-jóvenes presenta 1 miembro más, en promedio, frente al grupo de viejos-viejos (M = 8.2; DP = 5.4 vs. M = 7.2; DP = 5.1), no se registra una distancia tan acentuada para los viejos de edad avanzada (M = 7.8; DP = 5.3). De esta forma, los datos no soportan completamente la hipótesis de contracción de la red social con el avance de la edad (Sluzki, 1996), lo que puede deberse a la eventual homogeneización de algunas características de la muestra en esta fase de la vida.
Los resultados relativos a la densidad soportan parcialmente un movimiento evolutivo, en el que los más jóvenes presentan redes menos densas que los de edad intermedia (Sousa & Vicente, 2012; Vicente, 2010). En este sentido, el envejecimiento parece estar asociado a pérdidas en la red, conociendo la mayor probabilidad en experimentar pérdidas con el avance de la edad, pero puede existir un mecanismo compensatorio o sustitutivo que mantenga el tamaño de la red social relativamente constante, a saber, la ampliación de la red a través de la ampliación de las familias de sus familiares más jóvenes, especialmente los hijos y los nietos (nuevas conyugalidades y nuevos nacimientos), teniendo en cuenta la focalización familiar que las redes presentan (este mecanismo, al enfocar el mantenimiento del tamaño de la red a través de la inclusión familiar, también ayudaría a percibir el aumento de la densidad con la edad). Los estudios posteriores pueden probar esta hipótesis.
La focalización en las relaciones de parentesco asociadas a la elevada densidad, con enorme interconexión entre los miembros, producen relaciones intensas y fuertes, aunque, a su vez, hacen las redes más cerradas al exterior y centradas sobre sí mismas (Cabral, Ferreira, Silva, Jerónimo, & Marques, 2013), revelando un movimiento centrípeto en las relaciones de las personas con edades avanzadas. En el mismo sentido, Sluzki (1996) afirma que las redes muy densas y localizadas en un determinado campo relacional serán menos flexibles y efectivas. Portugal (2006, 2014) se refiere a estas redes como “encapsuladas”, ya que se centran en un parentesco limitado con lazos fuertes y positivos, pero muy restrictivos. Las redes con esta configuración presentan ventajas por la reciprocidad y solidaridad que implican, siendo fácilmente activables y movilizables, pero también desventajas, en particular en el establecimiento de relaciones extrafamiliares y en la diversificación de recursos. (Cabral et al., 2013; Guadalupe, 2016; Sluzki, 1996)
Cabe subrayar que, en nuestra muestra, con el avance de la edad, el peso de las relaciones institucionales en las redes aumenta, principalmente a partir de los 86 años de edad, relaciones que responden a un conjunto de funciones instrumentales (y otras) muy relevante en la vida cotidiana de las personas, funciones compensatorias de la autonomía que se va generalmente reduciendo con el avance de la edad. El contacto con instituciones puede eventualmente abrir puertas al establecimiento de nuevos lazos, con profesionales y usuarios.
Sin embargo, los ancianos que se benefician de servicios sociales tienden a tener redes más pequeñas (Valle & García, 1994). Por el contrario, pero de forma estadísticamente no significativa, parece ser la evolución de las relaciones de trabajo (que se comprende atendiendo al alejamiento progresivo del mundo del trabajo) y con los vecinos. En el caso de los amigos, su importancia parece ser progresivamente creciente en las redes de las mujeres, y oscilante para los hombres con el paso de los años. Una vez más, estos datos deben ser entendidos con alguna reserva, pues no presentan significancia estadística.
En términos funcionales, se verificaron índices medios y elevados de apoyo y una elevada reciprocidad. Teniendo en cuenta los diferentes enfoques al diseño de red (van der Poel, 1993), es posible concluir que da más importancia a las interacciones de apoyo en el delineamiento de la red, enfocadas particularmente en el apoyo emocional. Los altos niveles de este tipo de apoyo parecen sugerir un dominio eminentemente afectivo de los sujetos en la conceptualización de su red personal. Es decir, cuando los encuestados piensan sobre las personas que consideran significativas en su vida, no se limitan a considerar los aspectos tangibles del apoyo social, sus dimensiones instrumentales, y tienden a centrarse en las personas que aportan apoyo emocional, que lo estiman y le dan afecto.
La interacción entre la generalidad de las variables de la dimensión funcional de las redes y el sexo y la edad no es significativa, siendo la falta de evidencia de que exista un aumento o una disminución en el nivel de apoyo emocional e instrumental recibido en función de estas dos variables sociodemográficas también subrayada en otro estudio (Pardo, Moral, & Miguel, 2008). Sin embargo, nuestros datos apuntan a una disminución de apoyo con la edad, aunque estos resultados sólo sean significativos en el ámbito de la función de acceso a nuevos contactos, proporcionando algún soporte a las hipótesis evolutivas anteriormente referenciadas (Meléndez-Moral et al., 2007; Sluzki, 1996; Vicente, 2010; Vicente & Sousa, 2012), e indiciando el cierre progresivo de las “puertas” de conexión a otras personas y grupos que no forman parte de la red del individuo.
En cuanto a la relación entre sexo y apoyo percibido, las mujeres presentan mayores niveles de apoyo emocional que los hombres, lo que parece tender a aumentar con la edad en las primeras y disminuir en los segundos. Las diferencias entre hombres y mujeres en el apoyo emocional también fueron subrayadas por Cabral et al. (2013), aunque en un sentido diametralmente opuesto, ya que el apoyo emocional no tendía a disminuir con el aumento de la edad en los hombres, aunque este decrecimiento sea evidente con el envejecimiento de las mujeres. Cabe señalar, sin embargo, que este estudio se centró en las redes interpersonales de confianza (Cabral et al., 2013), lo que puede inducir a los encuestados a privilegiar a los familiares (cónyuge e hijos) en detrimento de los no familiares (amigos y vecinos), pudiendo resultar esta tendencia más pronunciada en los hombres que en las mujeres. En nuestro estudio, los hombres pueden sentirse más cómodos para incluir elementos con quienes no hablan de asuntos importantes, determinando así promedios de apoyo emocional más bajos. En cuanto a la reciprocidad, las relaciones tienden a presentar mutualidad y a asumir un “carácter bilateral”, pues los sujetos focales son simultáneamente proveedores y receptores de apoyo social. (Cabral et al., 2013)
Con respecto a las características relacionales-contextuales, surgió una frecuencia de contactos semanal conjugada con alguna dispersión geográfica. Es necesario subrayar la potencial fragilidad de las redes de los ancianos de edad más avanzada de la muestra (con edades iguales o superiores a 86 años), cuyos vínculos se caracterizan por una mayor dispersión geográfica, pues el mantenimiento del contacto de proximidad es esencial para mantener los niveles de intensidad relacional (Sluzki, 1996). No obstante, los niveles de estabilidad relacional en la red se presentan elevados, lo que limita el potencial nefasto de la distancia física, pues una relación con mucha historia puede mantener su intensidad incluso cuando la frecuencia de contactos disminuye (Sluzki, 1996). En cuanto a este último atributo, merece mención la tendencia a la disminución de los contactos con la edad, aunque no sea estadísticamente significativa.
En síntesis, la escasa diferenciación de las características de las redes sociales personales de los sujetos de nuestra muestra según la edad y el sexo por sí sola no disminuye la relevancia de estos marcadores sociales en la comprensión de la dinámica de las redes y en las intervenciones sociales y psicológicas que focalizan las relaciones interpersonales. Sin embargo, los resultados del presente estudio ponen en cuestión algunas hipótesis establecidas anteriormente en la literatura, como la idea de la contracción del tamaño de la red o la diferenciación estructural con el avance de la edad (en las fases más tardías de la vida), subrayando de esa forma la necesidad de realizar estudios adicionales que permitan aclarar la dinámica evolutiva de las redes en las fases finales del ciclo vital.