Introducción
El período histórico que se analiza en este artículo fue muy convulsionado a nivel político, ya que luego de una larga etapa de orden conservador, signada por el fraude electoral, entre fines del siglo XIX y comienzos del XX, nuevas olas de radicalización transformaron las prácticas políticas en Latinoamérica. En Argentina nació de la crisis de 1890 y tomó cuerpo con la Unión Cívica Radical (UCR) bajo el lideraz go de Hipólito Yrigoyen. En ese contexto fue particularmente importante la sanción de la Ley Electoral Sáenz Peña en 1912, que, al instaurar la obligatoriedad, el secreto del voto y la representación de la minoría permitió elecciones más transparentes que trajeron aparejado un proceso de democratización política que llevó en las elecciones de 1916 al go bierno nacional a la Unión Cívica Radical (en adelante UCR).1 Poco después se celebraron elecciones para gobernador en Mendoza y salió triunfante José Néstor Lencinas, de la UCR, quien asumió en 1918.
A partir de la consolidación de la estructura partidaria y su victoria electoral, el radicalismo construyó una identidad política y cultural que presentó como sus principales enemigos a los miembros de la oligarquía2. José Néstor Lencinas y luego su hijo Carlos Washington Lencinas, lideraron lo que algunos autores llaman el “populismo mendocino”3. Apenas asumió José Néstor Lencinas el cargo de gobernador, se produjo una división entre radicales y lencinistas. Éstos coincidían en su proyecto de reformas sociales, pero los radicales yrigoyenistas eran reformistas, partidarios de cambios moderados, y Lencinas era revolucionario, decidido a alterar el sistema4.
Durante el período lencinista (1918-1928), hubo tres gobernaciones y cuatro intervenciones federales, lo que generó escasa continuidad de las propuestas políticas en marcha. Las gobernaciones, todas interrumpidas por el gobierno federal, estuvieron encabezadas por José Néstor Lencinas (1918-1920); Carlos Washington (1922-1924); y por Alejandro Orfila (1926-1928). A la inestabilidad política, se sumó la inestabilidad económica5 (se alternó una época de auge a la que siguió una crisis financiera), que conllevó a que muchos de los planes ideados por los dirigentes lencinistas no pudieran concretarse o se retrasara su ejecución.
Es importante mencionar, además, que durante ese lapso temporal se reglamentó la práctica profesional. Por un lado, se normó de manera más rigurosa la medicina, obstetricia y farmacia mediante la reforma de la Ley sanitaria en 1927, y por otro, hubo un proyecto de ley que proponía reglamentar las carreras de arquitectura, ingeniería y agrimensura en 1922, que, si bien no se sancionó, da cuenta del avance del Estado provincial en la reglamentación del ejercicio profesional en un contexto de incremento de la profesionalización del Estado, que acudía más asiduamente a personal técnico para que ocupara los puestos de la administración pública6. Entonces, el Estado provincial no sólo recurría a personal especializado para la ejecución de las obras, sino que pretendía garantizar el correcto ejercicio de las profesiones para toda la población, monopolizando la legitimación de sus títulos y su saber, produciéndose una relación dialéctica que redundaba en la consolidación e institucionalización de ambos, saberes y Estado.
En ese marco, durante 1918 y 1928 el discurso antioligárquico y el contacto con las masas se tradujeron en el uso del espacio público, que incluyó escenarios de participación para actores de la clase media y sectores populares, en ámbitos que antes eran exclusividad de las élites y sectores dirigentes7. Durante ese período se mejoró la infraestructura sanitaria, como se detalla en el próximo apartado.
Es amplia la bibliografía que considera el estado sanitario a comienzos del siglo XX en América Latina y Argentina. La mayoría de los trabajos estudian las enfermedades epidémicas y analizan cómo desde el Estado se implementaron políticas públicas para combatirlas, de acuerdo con los principios higienistas8. Otros autores se centran en la profesionalización de la salud y el surgimiento de las actividades curativas como profesión9.
En Mendoza, Cirvini, Ponte, Raffa y Aguerregaray analizan la salubridad provincial entre fines del siglo XIX y comienzos del XX y aluden a las medidas implementadas por los dirigentes para mejorar las condiciones sanitarias de la ciudad10. Por otro lado, hay textos que consideran las políticas públicas implementadas en el campo de la salud en la provincia, como los de Hirschegger y los de Raffa11, pero no se refieren particularmente a los primeros años del siglo XX. Luis y Aguerregary, por su parte, abordan la expansión y profesionalización del sistema de salud a fines del siglo XIX y principios del XX, centrándose en las modificaciones producidas a nivel discursivo, que tuvieron su correlato en la aplicación de medidas sanitarias12. Por otro lado, Richard Jorba, estudia las condiciones de vida de los sectores populares durante el período lencinista centrándose en las políticas de salud y de vivienda implementadas13. No obstante, el autor abarca las dos primeras gestiones gubernamentales, por lo cual el resto del período constituye una temática vacante que el presente artículo se propone analizar.
Población y estado sanitario de Mendoza entre fines del siglo XIX y comienzos del XX
Hacia fines del siglo XIX y principios del XX a nivel mundial, las enfermedades infectocontagiosas devinieron en un problema social. Por ello comenzó a considerárseles un asunto en el que el Estado debía intervenir, y una necesidad primordial el tratar de evitarlas por medio de políticas públicas14. En Argentina, tanto a nivel nacional como provincial se convocó a médicos higienistas para que realizaran informes dedicados a estudiar las causas de las enfermedades y a proponer medidas preventivas con el fin de mejorar la infraestructura15.
Las tareas sanitarias que se llevaron a cabo en este período en las principales ciudades argentinas estuvieron centradas en la provisión de agua potable y la eliminación de desechos; la especificación y ampliación de los reglamentos de control de las industrias; el alejamiento del centro urbano y la reglamentación de los espacios calificados como peligrosos, como los cementerios; la delineación de calles y la creación de espacios verdes, entre algunos de los aspectos considerados. Particularmente en Mendoza fue fundamental extender el servicio de agua potable, ya que las acequias características de la cuidad eran utilizadas al mismo tiempo tanto para provisión de líquido como para desagüe, lo que generó una gran contaminación de éstas, constituyendo una fuente de propagación de enfermedades.
De hecho, la provincia andina fue ámbito propicio de numerosas enfermedades epidémicas (cólera, difteria, escarlatina, gripe, tuberculosis, entre otras), y muchos casos de otras afecciones basadas en las deficiencias sanitarias, como la gastroenteritis. Esta situación crítica estaba relacionada con el acentuado crecimiento demográfico y urbanístico producido desde 1885, a partir de la instalación y desarrollo del ferrocarril y la inmigración, 16 cuando no se disponían de los medios materiales necesarios para garantizar en la ciudad un entorno sanitario adecuado. A esto se sumaba las deplorables condiciones higiénicas en las que se encontraba la ciudad antigua, la cual había sido desatendida por los gobiernos desde la reconstrucción posterior al terremoto de 186117. Así, la situación sanitaria de Mendoza era muy deficiente a finales del siglo XIX.
Luego de la epidemia de cólera (1886/7) se dieron modificaciones que buscaron preservar la salud de la población a través de la aplicación de una serie de normas y estrategias planificadas (basadas en la prevención y la vigilancia) y de la inversión en obras sanitarias, tales como la ampliación del servicio de agua potable, el control sobre los establecimientos públicos (matadero, mercado, casa de baños públicos, cementerio), la construcción de un Lazareto para aislamiento de los infectocontagiosos y la obligatoriedad de la vacunación antivariólica (1889)18.
En esa época, el organismo encargado de regular e implementar medidas sanitarias era el Consejo Provincial de Higiene, creado en 1891. Posteriormente, en 1897, se creó la Dirección Provincial de Salubridad, institución que dependía del Ministerio de Obras Públicas de la provincia. Ésta actuó durante la primera mitad del siglo XX. Se ocupaba de todo lo relativo a la higiene y salud pública, a la inspección y vigilancia de las aguas, a la vacunación antivariólica, a la profilaxis de enfermedades infectocontagiosas, epidemias, epizootias y epifitas, además, debía encargarse de los nosocomios y del transporte de infectocontagiosos, la desinfección de cementerios y la inspección de las inhumaciones. Asimismo, podía dictar disposiciones de carácter general y local que tendrían carácter de ley, siempre que las circunstancias lo requirieran, como en el caso de las epidemias19.
Ahora bien, a principios del siglo XX (al 31 de diciembre de 1900) Mendoza tenía 133.408 habitantes. En 1914 contaba con 283.640. Éstos estaban concentrados en los principales centros urbanos. En la Capital habitaban 59.117 personas, lo cual representaba un 20.84% del total (Ilustración 1). En 1918, año en que comenzaron a gobernar los lencinistas, la provincia tenía 304.323 habitantes, y diez años después ya contaba con 401.024 (Anuario estadístico 1927-1930).
Desde fines del siglo XIX Mendoza recibía un alto porcentaje de inmigrantes. En 1914, entre el 1 de junio y el 31 de diciembre, ingresaron a la provincia 1269 inmigrantes y el total de extranjeros en la provincia era de 88.354, representando más del 30% de la población provincial20 (Anuario estadístico 1914, DGEM y Tercer Censo Nacional, pp.314-315).
En relación con el estado sanitario, si bien a fines del siglo XIX se habían implementado algunas medidas, como se expuso, a comienzos del siglo XX el periódico Los Andes21 manifestaba que era lamentable el estado sanitario de la provincia, ya que las enfermedades infectocontagiosas continuaban siendo endémicas y epidémicas; además, la población de recién nacidos y los menores de 5 años eran los más afectados22.
Durante el período lencinista se implementaron medidas que mejoraron la salubridad provincial, por un lado, se amplió el servicio de agua potable, se proyectó la red de cloacas en la capital mendocina, y se extendió el servicio de agua corriente hacia varios departamentos23, medidas que mejoraron de manera significativa la calidad del ambiente urbano provincial. Sumado a esto, los dirigentes se propusieron mejorar y ampliar la asistencia médica, tal como se expone a continuación.
Asistencia médica estatal en la década lencinista
Con anterioridad a las gobernaciones lencinistas existían algunos hospitales estatales como el San Antonio24 (1761) y el Hospital Provincial25 (primer hospital moderno de Mendoza, inaugurado en 1907 y dedicado a la atención de hombres, mujeres y niños). Además, en los departamentos estaba el Hospital el Carmen (1900) en Godoy Cruz, el Hospital de General Alvear (“Hospital Municipal”, fundado en 1912, en 1923 ya contaba con 26 camas), y se había comenzado a construir el Hospital de Maipú y el de San Martín, que fueron finalizados e inaugurados por José Néstor Lencinas. Si bien estos centros asistenciales atendían también a menores, no se dedicaban especialmente a infantes.
Durante el período de gobernaciones lencinistas se mejoró la atención médica en la Capital y se extendió a varios departamentos26, efectivizando la descentralización geográfica iniciada con los gobiernos conservadores27.
Entre otras medidas los dirigentes se propusieron construir una casa de aislamiento para atender a los que padecían enfermedad infectocontagiosa, especialmente tuberculosis, una de las epidemias de la época28. En 1919 se encargó a Raúl Álvarez (arquitecto que realizó importantes obras durante el período, como se desarrolla a continuación) que proyectara el Hospital José Néstor Lencinas. Éste fue inaugurado en 1924. Álvarez intervino también en la terminación del proyecto y la construcción del Hospital Regional de San Rafael, inaugurado también en 1924.
Al mismo tiempo, a partir de los avances médico-científicos, en la época se entendió como fundamental la realización de análisis clínicos para la detección y control de las enfermedades. Así en 1922 se comenzaron a realizar análisis en el Hospital Provincial, y en noviembre de 1923 se inauguró el Instituto Pasteur, de bacteriología y laboratorio de anatomía patológica, que funcionó en uno de los chalets del Parque General San Martín.
En 1907 Mendoza contaba con 700 camas, y veinte años después había 1250. No obstante, en la Capital provincial no fue aumentada la capacidad hospitalaria29 en ese período, debido a que la implementación de obras públicas sanitarias estuvo dirigida a la descentralización geográfica. Para 1927 los principales hospitales de la provincia contaban con laboratorio, sala de Rayos X y sala de operaciones. Además, siete de los dieciocho departamentos ya tenían salas de primeros auxilios, tales eran: San Carlos, Tunuyán, Tupungato, Malargüe, Santa Rosa, Lavalle y La Paz30.
Específicamente en relación con la atención de neonatos e infantes, con anterioridad a las gestiones lencinistas los principales hospitales contaban con atención a niños, como el Hospital Provincial y el San Antonio (ambos en Capital). Además, existía “la gota de leche” por la cual se proporcionaba atención a los recién nacidos y a sus madres. Ahora bien, en julio de 1924 el Estado Provincial avanzó más y creó en la Capital la “Cantina Maternal y el dispensario de lactantes”, que fueron inaugurados el 4 de agosto de 1924 (Ilustración 2 e Ilustración 3). Éstos se ocuparon de dar apoyo alimentario a las madres necesitadas, controlando la evolución de los lactantes y transmitiendo la enseñanza de pautas de higiene personal, y normas sobre manipulación y preparación de alimentos.
Es importante señalar que en 1927 la Dirección de Salubridad estaba encabezada por el doctor Juan Antonio Orfila, un destacado médico31 que era hermano de Alejandro Orfila, el último gobernador lencinista electo (1926-1928). Durante la gestión de Juan Antonio se proyectó un plan de mejoras sanitarias y se impulsó especialmente la atención pediátrica.
Los infantes eran atendidos en esa época en la “cantina maternal y dispensario de lactantes”32, y en los distintos hospitales de la provincia. Además, la Dirección de Salubridad había implementado la inspección de las nodrizas, y había visitadoras que examinaban en los domicilios particulares que los niños estuvieran saludables y bien alimentados. En 1927 fueron atendidos 11.479 niños y la cantina maternal proporcionó a 161 madres leche de vaca para sus hijos33.
Como parte de las políticas de salud para menores, se propuso crear en 1927 un nuevo “dispensario y laboratorio de leche en la ciudad de Mendoza” (proyecto de ley elevado a la legislatura en julio de ese año). Éste otorgaría a las madres carenciadas el alimento para sus hijos basado en leche de vaca controlada y modificada, tal como se efectuaba en el Hospital de niños de Buenos Aires (inaugurado en 1875)34, con la cooperación del laboratorio de modificación de leche del Ministerio de Agricultura de la Nación35. Con esto se pretendía garantizar a los infantes el alimento adecuado y disminuir la mortalidad de menores debida, entre otras cosas, al consumo de leche de mala calidad o mal conservada. A diferencia del dispensario que ya estaba en funcionamiento, el nuevo contaría con personal técnico compuesto por facultativos de la Dirección General de Salubridad. Si bien no hay registro de la aprobación de dicha iniciativa36, se sabe que un nuevo dispensario de leche comenzó a funcionar ese año en el Hospital Lagomaggiore, y los internados a causa de enfermedad infectocontagiosa en ese establecimiento fueron trasladados al Hospital Lencinas37, con lo cual se deduce que allí se habría instaurado el dispensario de leche propuesto.
Las obras públicas sanitarias hicieron que fuera sensiblemente menor la cantidad total de decesos durante las gestiones lencinistas. Además, tal como analiza Richard Jorba, los fallecimientos en conventillos disminuyeron y aumentaron los ocurridos en hospitales, lo cual indica que se había ampliado la asistencia a enfermos graves38. En 1923 murieron en total 7647 personas en Mendoza, y de ese total, 15 personas murieron en ese tipo de viviendas, 32 en la vía pública, 1392 en establecimientos benéficos (hospitales/ centros asistenciales) y 6183 en casas particulares. Al año siguiente el número de muertos en conventillos se redujo a nueve.39
Este fenómeno pone en evidencia el proceso de profesionalización que fue adquiriendo la salud. Creció el número de personas que morían en un hospital con equipamiento adecuado y con profesionales diversos a cargo (enfermeros, médicos especialistas, cirujanos). No obstante, esto no se modificó radicalmente, sino que el incremento del índice de personas fallecidas habiendo sido hospitalizadas fue creciendo de manera paulatina. Del mismo modo, aumentó el número de nacidos en hospitales y fue disminuyendo el porcentaje de partos en las casas particulares.
Por otro lado, más allá del lugar del fallecimiento, hubo un incremento de la cantidad de personas que morían habiendo sido asistidas. Este porcentaje da cuenta de la cobertura médico-sanitaria en todo el territorio provincial. Se puede mencionar a modo de ejemplo el departamento de Tunuyán, que pasó de tener 79,7% de personas asistidas antes de morir en 1923, a un total del 100% en 1926, según los anuarios estadísticos publicados40. En este caso concreto, la legislatura provincial había aprobado a fines de 1923 un proyecto de ley para invertir dinero en la ampliación y sostenimiento de la sala de primeros auxilios de dicho lugar41, hecho que denota cómo la ejecución de obras públicas trajo aparejadas mejoras concretas en el estado sanitario de la población mendocina durante la década lencinista.
Además de las obras edilicias, las medidas preventivas (vacunación, inspecciones de salubridad) y paliativas (desinfecciones) implementadas por la Dirección General de Salubridad (Ilustración 4) generaron una clara disminución de la tasa de mortalidad en Mendoza, tanto de las muertes causadas por enfermedades infectocontagiosas como en general por las demás causas de fallecimiento. Al respecto, es representativo el gráfico posterior (Ilustración 5), que demuestra la tendencia decreciente del índice de mortalidad en el período 1918-1928.
Fuente: Elaboración propia con base en datos estadísticos extraídos de anuarios 1923-1927/1929 (DGEM)
El índice general de mortalidad del año 1918 era del 23,8 por mil habitantes. Esta cifra fue descendiendo en los años posteriores llegando a 17,2 por mil en 192842.
Específicamente en relación con la mortalidad infantil, Richard Jorba señala que durante las gestiones lencinistas ésta disminuyó significativamente, aunque continuaron vigentes las causas de muertes por enfermedades gastrointestinales, debidas en gran parte al deficiente estado sanitario con relación a la calidad del agua de consumo humano43. En 1923 fallecieron 3660 niños menores a 5 años, y en 1927 murieron 3625 (53% del total de muertes)44. En este sentido, si bien durante las gestiones lencinistas se disminuyó el porcentaje de fallecimientos de menores, éste continuaba arrojando números preocupantes (Ilustración 6).
Fuente: Elaboración propia con base en datos estadísticos extraídos de anuarios 1923-1927/1929 (DGEM)
Ahora bien, el problema del elevado número de mortalidad infantil (y general) no era un problema exclusivo de la provincia ni del país45. También en los principales países a nivel mundial46, el número de niños muertos era alarmante. Esto se debía no sólo al deficiente estado sanitario, sino también a que aún no había un gran avance en la ciencia médica (no se habían descubierto ciertos antibióticos para combatir las enfermedades, ni muchas de las vacunas utilizadas como prevención).
Es importante señalar que, junto al incremento de la intervención estatal en la salud pública, creció el número de profesionales. En 1927 había en Mendoza 309 profesionales con título nacional (162 médicos, 82 farmacéuticos, 26 dentistas, 7 veterinarios, 34 parteras) y 20 con título extranjero (8 médicos y 12 parteras). Es decir, había 1 médico por cada 2300 habitantes en la provincia47. Además, en ese tiempo se asistió a la profesionalización del campo de la salud. Tanto los avances médico-científicos a nivel mundial y nacional (particularmente en microbiología), como la regulación estatal de las actividades curativas incidieron en ello. Destaca de manera particular la reforma de la ley sanitaria provincial en 1927 (ley 926) mediante la cual se le otorgó más atribuciones a la Dirección de Salubridad48 y se reguló el ejercicio de la medicina, farmacia y obstetricia. Esta normativa también fue parte del plan de mejoras sanitarias propuestos por Orfila en 1927. Por un lado, la ley estipulaba que desde ese momento sólo podrían ejercer la profesión las personas que tuvieran título profesional expedido por universidad nacional, o título extranjero revalidado (en la legislación anterior se preveía que en algunos casos la Dirección de Salubridad podría elegir “idóneos” sin título habilitante). En ese punto la normativa era entendida como una “guerra al curanderismo”49. Además, se preveía la realización de concursos para ocupar los puestos técnicos de hospitales y Asistencia Pública (artículo 73), así, se transparentaba la elección de cargos de salud, priorizando la selección de los más capacitados. De esa manera, el Estado priorizaba el “saber” en un contexto mayor signado por la ampliación de las funciones del Estado en materia social, la profesionalización del saber médico, y en el marco del incremento de la regulación de las actividades curativas.
El proyecto de Hospital pediátrico, 1927
Como antecedentes de establecimientos dedicados a infantes en Argentina se puede mencionar el primer hospital de niños, edificado en la ciudad de Buenos Aires. Éste se llamó “San Luis Gonzaga” (hoy Hospital Ricardo Gutiérrez) y fue una iniciativa de las damas de la Sociedad de Beneficencia. Fue inaugurado el 30 de abril de 1875 y se ubicó en la calle Victoria 1179 (hoy Hipólito Irigoyen 3420)50. Años después, en 1892 se inauguró el primer hospital pediátrico en Córdoba, el “Hospital de Niños de la Santísima Trinidad”, a iniciativa de un reconocido médico que trasmitió su inquietud a la sociedad de Beneficencia51. En 1899 se inauguró el “Hospital del niño Jesús”52 en la provincia de Tucumán53.
En Mendoza, el proyecto de construcción de un Hospital pediátrico formó parte del proyecto general de los gobiernos lencinistas de mejorar la infraestructura sanitaria de la provincia, tanto a nivel de servicios de agua potable y red cloacal, como en relación con la asistencia médica. El proyecto, específicamente fue parte del plan general de reorganización sanitaria planteado por la Dirección General de salubridad en 1927, encabezada, como se expuso, por el doctor Juan Antonio Orfila. Por un lado, esta pretendía reorganizar y equipar mejor los Hospitales y centros asistenciales existentes, y por otro, proyectaba construir nuevos establecimientos, entre los que se encontraba un nuevo local para la Asistencia Pública proyectado por el ingeniero Segismundo Klot, que se pretendía construir en 1928 sobre calle Mitre N.º 850 de Capital. Éste no se edificó, pero sí se utilizó un nuevo local para dicha institución en 1927, situado en calle San Martín y General Paz de Capital e inaugurado en mayo de ese año54, y el “Hospital de Niños”55, que no logró concretarse, tal como se desarrolla a continuación.
Tanto la alta tasa de mortalidad infantil, como la necesidad de implementar políticas específicas para infantes (considerados como los más afectados) y construir un Hospital pediátrico eran divulgadas en la prensa. Los Andes aludía a la crisis sanitaria haciendo hincapié en que los más perjudicados por las enfermedades eran los niños. Señalaba: “Según nuestras diarias comprobaciones, el estado sanitario del municipio y alrededores atraviesa por un estado de intensa crisis, cuyas consecuencias pueden apreciarse por la cifra diaria de la mortalidad. Los enfermos de bronquitis y neumonía han indudablemente crecido a juzgar por la tarea de los facultativos y por la mortalidad que acusa en todos los barrios no escasas víctimas correspondiendo a los tiernos párvulos y niños el porcentaje más elevado”56.
Años después, la prensa aludía: “Infinitos ejemplos permiten demostrar que la excesiva mortalidad infantil, por demás alarmante en esta provincia, deben combatirse por todos los medios al alcance de las autoridades y del público, y que ambos son responsables de ese mal cuyas fatales consecuencias no solo importan un atraso sino también un desastre para el desarrollo normal de la población”57.
Si bien existía la cantina maternal, y los menores recibían atención pediátrica en los principales centros asistenciales de la provincia, no había aún un hospital pediátrico. En este sentido, la Dirección de Salubridad propuso su construcción como parte esencial del plan de reformas y mejoras sanitarias para Mendoza.
Es importante señalar que las condiciones de vida de los infantes en ese tiempo (y también hoy en día) dependían directamente de la ubicación en la escala socioeconómica donde se ubicaba el niño. Es decir, existía gran diferencia entre la calidad de vida y salud de un niño de la élite, y la de un niño hijo de un trabajador pobre. La mala alimentación y el nulo o escaso cuidado de las embarazadas incidían directamente en la salud del neonato. Asimismo, influía en la salud de los infantes el trabajo infantil, la alimentación y la escasez de cuidados generales. Por ello, las soluciones estaban ligadas a programas educativos de las mujeres (como el Instituto de Puericultura) y a plantear programas de profilaxis desde las políticas públicas.
Raúl Álvarez: su trayectoria como funcionario “técnico” del Estado
Raúl Jacinto Álvarez58 fue un arquitecto que desempeñó una labor importante desde la función pública en los gobiernos lencinistas, en el marco del desarrollo de la profesión en el país.
En Argentina, el programa modernizador (fines XIX /XX) dejó formulada la oposición entre las profesiones “liberales” y las “comerciales”. La abogacía, la medicina y la ingeniería fueron las profesiones liberales por antonomasia; tuvieron un papel central estructurante en la formación y reproducción de la clase dirigente argentina y en el proceso de constitución del estado moderno. La arquitectura, desprendida funcionalmente de la ingeniería, quedó sometida a las mismas condiciones articulatorias con el desarrollo social que sostenía esta disciplina. El desarrollo de las profesiones liberales estuvo ligado a la creación y consolidación de las universidades que apuntaron a cubrir las necesidades básicas de la administración de un país extenso con un vertiginoso crecimiento, donde era perentorio cubrir los puestos de un gran aparato burocrático, técnico y especializado que respaldase el desarrollo de las actividades productivas, administrativas, de servicio y comerciales.
El ejercicio liberal de la profesión era el eje medular de la vida laboral de los arquitectos y el estudio era el ámbito “natural” de desarrollo de las tareas. El arquitecto se ubicaba como “director de orquesta” en la ejecución de su obra, de la cual era a la vez compositor y artista. En el quehacer diario de los profesionales arquitectos había mucho tiempo dedicado a las relaciones y la vida social. Estaba pautado en el imaginario del grupo que las posibilidades de conseguir encargos “importantes”, dependía en gran medida de las vinculaciones sociales y los contactos que podían realizarse, en los diferentes ámbitos donde se movían los grupos de la élite. Conferencias, almuerzos, cenas, reuniones sociales de distinto tipo, eran espacios compartidos con potenciales comitentes. Este cultivo de los vínculos sociales era tan importante que es posible identificar, en distintas trayectorias, los ámbitos de relación en los que se movían los practicantes, por el origen de los encargos profesionales.
En este marco, puede comprenderse la labor del arquitecto Álvarez en Mendoza. Perteneciente a una tradicional familia de la élite mendocina, ligado a la clase política y en particular al radicalismo, y con vínculos con la comunidad de inmigrantes españoles prósperos como los Arizu, tuvo la oportunidad de desarrollar una importante obra pública, con apenas un año de egresado de arquitecto y también de ganarse con el tiempo, una clientela entre la élite que valoraba el plus diferencial de contratar a un profesional para sus casas, sus edificios de renta y sus bodegas.
Raúl Jacinto nació en Mendoza en 1890. Cursó sus estudios en Buenos Aires, ciudad donde residió la mayor parte de su vida. Fue hijo del escritor, historiador y político mendocino Agustín Álvarez59. Obtuvo el título de Arquitecto en la Escuela de Arquitectura de la Facultad de Ciencias Exactas, Universidad de Buenos Aires, el 20 de enero de 1917, convirtiéndose así en el primer mendocino que se graduó de arquitecto. Fue presidente del Centro de Estudiantes y parte del grupo fundador de la Revista de Arquitectura, publicación señera de la corporación de arquitectos y a la cual estuvo ligado como colaborador o editor durante toda su vida. Fue un activo estudiante ligado al ideario arielista y al movimiento de la Restauración nacionalista, liderado por Ricardo Rojas y Leopoldo Lugones.
Trabajó en todos los ámbitos posibles: el estudio de arquitectura, la función pública, la docencia y las organizaciones profesionales. En Buenos Aires estuvo asociado con el arquitecto Raúl R. Rivera, con quien realizó en 1918 el proyecto que mereció el primer premio del Concurso de Planimetrías y Tipos de Casas adoptadas por la Comisión Nacional de Casas Baratas. Ocupó en Mendoza, bajo la administración de José N. Lencinas, el cargo de jefe de la Sección Arquitectura e, interinamente, el de Director de Obras Públicas de la Provincia. En 1918, proyectó importantes reformas a la Legislatura de la Provincia dotando al edificio del recinto de sesiones, obra que se llevaría a cabo recién en 1923. También en 1919 realizó la “Rosaleda” del Parque General San Martín. Ganó por concurso el proyecto del “Hospital Español” de Mendoza en 1923; realizó los proyectos de las jefaturas políticas de Godoy Cruz (luego sede de la policía provincial) y la de la villa de San Carlos en el valle de Uco, el Hospital de infecciosos Lencinas y entre otras, la Escuela Bombal. Participó en el “Concurso de Anteproyectos para el Palacio de Gobierno de Mendoza” obteniendo el 2º premio en 1927. Proyectó también numerosas viviendas urbanas y rurales. Tuvo numerosos encargos de la familia Arizu para quienes realizó numerosas obras en sus bodegas de Godoy Cruz y Villa Atuel en el sur mendocino, sus chalets y residencias urbanas. Fue profesor en la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Buenos Aires.
Álvarez fue un ferviente defensor del sistema de concursos y un asiduo participante de congresos nacionales e internacionales de la disciplina arquitectónica. En Mendoza, y con su mediación, en 1926 se convocó a concurso nacional para la construcción de la nueva Casa de gobierno en el centro de la Plaza Independencia, obra que después no se realizó, ocupándose el sitio para construir un Teatro Municipal.
Con respecto a la labor de los arquitectos durante el período lencinista, es importante señalar que, si bien entre fines del siglo XIX y comienzos del XX la labor de los profesionales (entre otros, arquitectos) en la administración pública era considerado como una salida laboral secundaria y alternativa, en la década de 1920 esto se modificó y comenzó a ser evaluada desde una perspectiva diferente, teniendo ya en cuenta, como aspecto importante, la función social de la profesión ante la aparición de nuevos problemas urbanísticos y arquitectónicos que había generado el mismo proceso modernizador. Desde entonces, y en forma creciente hasta mediados del siglo XX, el espacio laboral de la función pública fue progresivamente valorizado, como la vía adecuada a los tiempos, para acceder a nuevos logros y desafíos de la profesión, tal como el tema de la vivienda popular o los problemas urbanos (transportes, equipamiento, infraestructura). De hecho, las necesidades del proceso modernizador dentro del Estado promovieron, en las distintas jurisdicciones de la administración pública, la formación de una burocracia técnica60 cada vez más compleja y eficiente para planificar y ejecutar obras en todo el territorio nacional61.
La arquitectura hospitalaria en la obra de Raúl J. Álvarez
La arquitectura hospitalaria sufrió una importante evolución a fines del siglo XIX con el desarrollo de la microbiología derivado de las teorías de Pasteur. Saber cómo se propagaban las enfermedades infecciosas permitía diseñar hospitales como dispositivos eficaces para evitar el contagio y garantizar la asepsia de áreas de cirugía. Es notable cómo cambiaron las tipologías de hospitales de la tradicional planta claustral de la época colonial a la estructura pabellonar y con la utilización de jardines como fuelles de ventilación y aislación entre los bloques.
En Mendoza, el primer hospital moderno que se construyó fue el anteriormente mencionado Hospital Provincial (luego llamado “Emilio Civit”), inaugurado en 1907 (Ilustración 7). Su planta de pabellones aislados unidos por circulaciones a cielo abierto permitió un crecimiento gradual dotándolo de más capacidad de camas. Dejó de funcionar a fines del siglo XX cuando ya todos los hospitales especializados lo reemplazaron en sus funciones.
Fuente: Gobierno de Mendoza. Álbum Argentino Gloriandus. Provincia de Mendoza, su vida, su trabajo, su progreso. 1909.
Años después, el arquitecto Raúl J. Álvarez realizó en Mendoza importantes obras de arquitectura hospitalaria: en 1919 realizó, como se expuso al comienzo, el proyecto del Hospital para infecciosos José Néstor Lencinas (Ilustración 8), construido para hacer frente a las enfermedades infecciosas, especialmente la tuberculosis. Para su ubicación se eligió un terreno forestado perteneciente al parque General San Martín en el extremo sur (cuando aún no se había seccionado el paseo entre los departamentos de Capital y Godoy Cruz). Sobre un esquema funcional de pabellones inmersos en un extendido jardín el edificio se construyó con la mejor tecnología de la época y en un estilo neocolonial simplificado. Se destinaron dos pabellones a los afectados del pulmón de ambos sexos y uno a niños atacados de tuberculosis ósea, además de poseer un solarium para su tratamiento. Asimismo, se contó con otro pabellón destinado al resto de las enfermedades infectocontagiosas, en donde los dolientes se encontraban totalmente divididos y aislados. Fue inaugurado en 1924.
Fuente: Suárez, Leopoldo, Memoria presentada a la honorable legislatura por el ministro de industrias y obras públicas. Año 1922-1923, (Mendoza, 1924).
También en 1919 Raúl Álvarez intervino en la terminación del proyecto y la construcción del Hospital Regional de San Rafael, luego llamado Dr. Schestakow (Ilustración 9), obra iniciada en 1905 y que había quedado paralizada por años. El gobernador Lencinas decidió reanudar la obra bajo la supervisión de la Dirección General de Obras Públicas de la Provincia, según un plan general elaborado por la Sección Arquitectura, a cargo en ese momento de Álvarez. Si bien el plan general había sido elaborado en 1905 por una comisión de médicos entre los que estaba Schestakow, es evidente, a partir de las similitudes que presenta con el hospital Lencinas que fue Álvarez quien le otorgó la fisonomía final al edificio, sus terminaciones y las características de ese estilo sobrio que combinaba pintoresquismo con neocolonial62.
Fuente: Suárez, Leopoldo, Memoria presentada a la honorable legislatura por el ministro de industrias y obras públicas. Año 1922-1923, (Mendoza, 1924).
En 1923 Álvarez ganó un concurso privado del proyecto del Hospital Español de Mendoza, obra pionera no sólo del equipamiento hospitalario de instituciones privadas, en este caso la colectividad española, sino del estilo neocolonial en su versión más ortodoxa: columnas salomónicas, frontis barrocos, colores blanco y ocre en los muros, pisos rojos con alhambrillas, fuentes y patios españoles, entre otros.
El proyecto de Hospital de niños
En 1927 el arquitecto Álvarez realizó el proyecto del primer hospital de niños de Mendoza (Ilustración 10 e Ilustración 11). Los planos publicados en una memoria de la Dirección General de Salubridad no indican la ubicación precisa, la cual no se ha podido determinar. Se trata de una manzana completa y comprende siete pabellones de los cuales los dos frontales son de “Administración y consultorios externos” y el “Instituto de Puericultura”. Este último establecimiento tiene gran importancia en el conjunto y se propone como una institución pionera en el país para el tratamiento de la salud en la primera infancia. Luego posee dos pabellones destinados a la internación: uno para enfermos de clínica general y otro para cirugía, que suman ambos 100 camas. También cuenta con un pabellón destinado a albergar tres quirófanos con todos los locales de apoyo, que se une a través de galerías cubiertas con los pabellones de internación. Finalmente, el conjunto posee dos pabellones de servicios, uno de cocina que se une con los pabellones de internación a través de galerías cubiertas y otro pabellón aislado de lavado, planchado, desinfección y morgue. Los hospitales diseñados por Álvarez, como muchos de la época, se adecuaban a los lineamientos de las autoridades de Salubridad, acordes a los avances de la biología, la bacteriología y la medicina. El esquema pabellonar63 se impuso por cuanto respondía a la condición de aislar funciones y usos diferentes, evitando contagios en el caso de las infecciones y permitiendo mantener la asepsia en áreas quirúrgicas.
Fuente: Orfila, Antonio. Memoria de la Dirección de Salubridad correspondiente a 1927 (Mendoza, 1928).
Fuente: Orfila, Antonio. Memoria de la Dirección de Salubridad correspondiente a 1927 (Mendoza, 1928).
El estilo empleado era muy similar al de los hospitales Schestakow (San Rafael) y Lencinas (Mendoza Capital) y la Escuela Bombal, techos inclinados de chapa pintada, carpinterías moduladas de perfiles metálicos, muros lisos y con escasa ornamentación enmarcando accesos y aberturas. Los jardines unían todo el conjunto y permiten no sólo la correcta aireación e iluminación de los locales de cada pabellón sino actuar como un espacio necesario y saludable, indispensable en la sanación de los enfermos.
Toda la obra hospitalaria y escolar de Álvarez portaba las marcas de la arquitectura pública del período: las plantas eran funcionales, sobre planteos de avanzada para la época en materia de salud y educación, materiales nuevos con sistemas de vanguardia, mientras que los lenguajes formales buscaban un sello propio de lo que se había denominado “arquitectura nacional”, inspirada en modelos del pasado colonial y alejada de los academicismos.
Es importante señalar en este punto que la arquitectura pública de las primeras décadas del siglo XX en Argentina ensayó nuevas tecnologías y materiales de vanguardia, particularmente se alude al uso del hormigón armado. Los factores específicos que contribuyeron al desarrollo de esta vanguardia en la región y en especial en Mendoza fueron varios y concurrentes. En primer lugar, el apoyo oficial y la voluntad de la clase política y la élite para hallar mejores soluciones al antiguo problema de los sismos64 constituyeron la base que facilitó la circulación y la difusión de las propuestas y convocó voluntades en torno de su promoción y aceptación. Otro de los factores decisivos fue el estado alcanzado por el conocimiento científico-técnico, el cual en el marco de la ingeniería moderna aspiraba a hallar soluciones universales y apelaba a su vez a las experiencias de otros países del mundo, en el afán de acumular conocimiento y avanzar en las teorías producidas. En este sentido, Argentina se ubicaba a comienzos del siglo XX en la avanzada del estudio científico y sistemático del uso del hormigón armado en el ámbito mundial, a la par de Francia, Italia y Estados Unidos de Norteamérica. El desarrollo de la tecnología del hormigón armado continuaría avanzando progresivamente durante todo el siglo XX, pero no alcanzaría difusión masiva sino hasta después de 1960. Durante las primeras tres décadas del siglo su uso estuvo restringido a edificios públicos y privados del equipamiento urbano, a viviendas urbanas y chalets suburbanos o rurales de la clase dirigente y la burguesía vitivinicultora, a piletas para depósitos de vino en “cemento armado”, y obras de infraestructura: diques, puentes, caminos carreteros y obras de arte del sistema de irrigación.
La dependencia total, en los primeros años de la importación de cemento y acero fue un escollo importante que se fue superando desde 1919 hasta mediados del siglo con la producción de cementeras en el país y la instalación de la primera fábrica local en 1936, lo cual cambiaría significativamente el panorama de la construcción local al abaratar el costo65.
Puede decirse, sin lugar a duda, que Álvarez recorrió en su trayectoria los múltiples espacios que un arquitecto de la primera mitad del siglo XX podía ocupar: el ejercicio liberal de la profesión, la actividad en la administración pública y la docencia universitaria. Asimismo, adhirió a las búsquedas y debates de la época en torno a la “arquitectural nacional”, apoyó el desarrollo de la práctica de los concursos de arquitectura y participó de congresos panamericanos que tomaron gran impulso desde la década de 1920. Finalmente, Álvarez encontró un espacio de actuación en las instituciones profesionales y gremiales que representaban un núcleo aglutinador de la identidad grupal de la naciente profesión: desde el Centro de Estudiantes a la Sociedad Central de Arquitectos, utilizando la prensa técnica como un medio eficaz de llegada al público y a sus colegas.
Epílogo
A modo de síntesis, puede afirmarse que, como parte de las políticas de mejora sanitaria proyectadas en la provincia de Mendoza por los dirigentes lencinistas, se propuso la construcción de un hospital pediátrico. La alta tasa de mortalidad infantil, sobre todo de 0 a 5 años, puso en evidencia la necesidad de aplicar políticas precisas para mejorar la salubridad de la población infantil. Por un lado, se pensó mejorar la higiene, los controles y la alimentación de los neonatos y lactantes, y se creó la cantina maternal en 1924. Luego se avanzó más inaugurando un laboratorio y dispensario de leche materna en el Hospital Lagomaggiore en 1927. Por otro lado, se propuso construir un hospital especializado en niños, para así atender de manera integral y específica a los menores. Sin embargo, este último proyecto no se concretó. Esto se debió a varias razones, por un lado, a la parálisis legislativa provocada por el obstruccionismo parlamentario de la oposición (que generó que la legislatura prácticamente no sesionara ese año). Ello, sumado a que una nueva intervención federal ya era rumor en la prensa manifestando, una vez más, la inestabilidad política propia del período. Por último, la crisis financiera, producida no sólo por el crecimiento del gasto público sino, además, por un déficit fiscal crónico, una deuda pública impaga y la circulación de letras de tesorería66 también debe haber jugado un papel significativo a la hora de priorizar obras a ejecutar durante la última gestión lencinista.
Si bien el proyecto no logró concretarse, es un antecedente pionero del primer hospital pediátrico de Mendoza, finalmente concretado recién en 1980 y rebautizado doce años después como Humberto Notti. Es importante señalar que en la década peronista (1946-1955), entre la prolífica obra pública dedicada a atender la salud, se proyectó y comenzó a construir un Hospital de Niños en el Parque San Martín, muy cerca del Hospital Provincial. Sin embargo, este establecimiento sostenido y administrado por la Fundación Eva Perón nunca llegó a funcionar como hospital. Luego del derrocamiento de Juan D. Perón en 1955 las instalaciones se destinaron y adaptaron para el funcionamiento de la Facultad de Medicina67 de la Universidad Nacional de Cuyo, inaugurada en 1965.
Por otro lado, es importante destacar que los gobiernos lencinistas potenciaron y concretaron la descentralización geográfica iniciada con los gobiernos conservadores68. Así, tanto en la mejora de las salas de Primeros Auxilios departamentales y en las propuestas de instalación de farmacias, como en los proyectos de extensión de la red de agua potable y cloacal, es posible advertir que las políticas sanitarias y de salubridad propuestas beneficiaron a sectores sociales más amplios, antes marginados, facilitando el servicio en los arrabales de la ciudad y en las zonas apartadas de la capital mendocina.
La propuesta del hospital de niños formaba parte, como se dijo, del ideario planteado por los lencinistas para mejorar la salud de la población. Esto, enmarcado en un contexto mayor en el que se entendía (ya desde fines del siglo XIX y comienzos del XX) que era el Estado el encargado de velar por la seguridad, salud y buenas condiciones habitacionales de la población. Eran entendidas como problemáticas que el Estado debía resolver a partir de planes específicos elaborados mediante el estudio y saber técnico69, que serían plasmados en políticas públicas. La salud había dejado de ser ámbito de competencia de la caridad o beneficencia pública para pasar a ser un espacio de intervención estatal directa70.
En otro plano del análisis efectuado se puede concluir que el proyecto forma parte de la labor de Raúl Álvarez como profesional técnico principal de la obra pública lencinista. La trayectoria de este arquitecto es muy explicativa de los procesos de consolidación de la burocracia técnica del Estado y de la ampliación de los deberes y funciones de los profesionales en el ámbito de la arquitectura pública.
Es probable que la influencia recibida en el hogar paterno (con una visión filosófica crítica y una posición política democrática) más la formación de la flamante Escuela de Arquitectura hayan resultado una valiosa combinación que le dio ventajas relativas: Álvarez pudo combinar la tarea del profesional liberal con una sólida formación académica trabajando para una élite, con la labor desde la administración pública con los nuevos grandes desafíos que planteaba la sociedad de masas. Era, en varios sentidos, un arquitecto de su tiempo, riguroso en relación al diseño moderno acorde a los nuevos requerimientos sociales y técnicos de la época, preocupado por los significados simbólicos de la arquitectura en la búsqueda de una expresión estética propia y finalmente un fervoroso defensor de las estructuras corporativas y de los mecanismos propios de la profesión como los concursos, que permitirían satisfacer las necesidades aumentadas de un país que crecía y ampliaba su base social.