Introducción
Más allá de los discrepancias políticas que ha podido suscitar el populismo en las últimas dos décadas en América Latina, ha pasado de ser una mera presencia espectral, que emergía con fuerza en las ciencias sociales dentro de ciertas coyunturas excepcionales en el siglo XX, a instalarse de manera permanente en los debates sobre numerosos procesos políticos contemporáneos de la región.1 Esto ha permitido no sólo la actualización de estudios sobre los así llamados “populismos clásicos” (el cardenismo mexicano, el varguismo brasileño y el peronismo argentino), sino también la emergencia de nuevos desarrollos analíticos sobre procesos histórico-políticos rara vez endilgados de populistas.2 En este sentido, sólo de manera relativamente reciente el yrigoyenismo argentino3 y el gaitanismo colombiano,4 desde una perspectiva analítica abocada al estudio de las identidades políticas, han sido revisitados desde perspectivas que los relaciona con el legado de los populismos latinoamericanos.5 De allí que sea posible afirmar que no se ha esbozado siquiera algún tipo de análisis comparativo entre ambos procesos.6
Por lo antes expuesto, proponemos una primera aproximación al estudio comparado entre el radicalismo yrigoyenista y el liberalismo gaitanista, resaltando la pertinencia de pensar estos dos procesos políticos desde un entramado conceptual que los comprende como pertenecientes al populismo; a éste lo entendemos como una lógica política que establece una polarización del espacio comunitario a partir de la configuración inestable del demos, es decir, desde una inclusión y exclusión de partidarios y adversarios del campo solidario de una identidad, haciendo del pueblo una construcción cuya concreción final es siempre diferida (Aboy Carlés 2013a). Por ende, queremos trazar algunas líneas comparativas entre el yrigoyenismo argentino y el gaitanismo colombiano, a pesar de la distancia geográfica y temporal entre dichos casos.7
Si bien el yrigoyenismo logró una posición en el poder ejecutivo (1916-1922 y 1928 hasta el coup d’etat de 1930) y el gaitanismo no (su líder fue asesinado en 1948), nuestro enfoque basado en una sociología de las identidades políticas busca encontrar puntos de confluencia entre la construcción discursiva del pueblo en ambos procesos, reiterando la hipótesis que trabajamos en otro lugar, a saber, que las formas interpelativas de ciertos movimientos políticos y sus propuestas de democracia beligerante pueden producirse por fuera de un lugar de poder distinto al de la presidencia de la nación (Acosta Olaya 2015).
A grandes rasgos, tanto el movimiento de Gaitán como el de Yrigoyen, emergieron en un contexto primigenio de participación política (la reforma política de 1911-12 y la reforma constitucional de 1936, en Argentina y Colombia correspondientemente). Además, es factible hablar de la existencia de ciertas similitudes en las construcciones discursivas desde las que ambos procesos enarbolaron sus movimientos, especialmente en lo que respecta a una base partidaria en pugna y a la aspiración de representar un verdadero pueblo, equiparando sus propias iniciativas políticas con la “nación toda” y el “país nacional”. Así, de las posibles coincidencias que el estudio de ambos fenómenos pueda revelarnos, buscaremos específicamente explorar el modo en el que se configura la identidad de ambos movimientos en los periodos particulares que tienen lugar.
A partir de lo anterior, sugerimos que la comparación entre el yrigoyenismo y el gaitanismo gire alrededor de tres ejes analíticos, ya expuestos en otro trabajo (Milne 2014) . De esta manera, creemos posible rastrear en ambos procesos políticos: a) una desparticularización del antagonismo (contra un “régimen” u “oligarquía”, no contra personajes o instituciones específicas);8 b) una concepción monista de la soberanía (la sinonimia entre nación y movimiento, el pueblo como “causa” y “país nacional”); y c) una propuesta de reparación del todo comunitario (la “regeneración moral” de ambos movimientos). Por ende, en la primera de las dos partes que componen el presente artículo, profundizaremos sobre los rasgos particulares de los movimientos políticos de Yrigoyen y, posteriormente, de Gaitán, bajo el faro analítico de los tres ejes arriba mencionados. De esta manera, intentaremos resaltar similitudes y diferencias entre ambos para, por último, insistir en la pertinencia de estos análisis comparativos para el estudio de los diversos populismos latinoamericanos.
Soberanía y nación en la “causa” de Hipólito Yrigoyen
La causa que fue gestada y defendida durante un periodo dilatado y tan intenso, en cuanto al sentimiento de solidaridad nacional, tenía su programa político; el más trascendente sin duda en toda la vida de la Nación: la restauración moral y política de todos sus poderes en el ámbito de la legalidad y la libertad. Es decir, la instauración del gobierno democrático, como expresión auténtica de la soberanía del pueblo.
Hacia 1903 en Argentina, la Unión Cívica Radical (UCR) emprendía su reorganización bajo la dirección de Hipólito Yrigoyen.9 Asimismo, comenzaba a configurarse una transformación en los postulados originarios de la UCR, la cual no estuvo exenta de críticas, tanto de la oposición como de la propia fuerza política, llegando incluso a provocar la renuncia de Pedro Molina en 1909. Hecho no menor si se tiene en cuenta que Molina había firmado el Manifiesto Revolucionario de 1905, en calidad de presidente del partido junto a Yrigoyen, quien en ese momento era conductor honorario de la UCR.10 Entre las principales acusaciones redactadas en aquel extenso comunicado al pueblo de la República, en 1905, se decía que: “La verdad y la eficacia de la doctrina que tiene como base el gobierno del pueblo por el pueblo, reside en el grado de libertad con que la función electiva se realiza. Sin ésta no hay mandato sino usurpación audaz, y no existe vínculo legal entre la autoridad y el pueblo que la protesta” (Yrigoyen 1986: 26. El resaltado es nuestro).
En las líneas finales del documento, se indicaba que los principios y la bandera del movimiento eran los del Parque11 y, bajo sus auspicios, se prometía la rápida reorganización de la República en libre contienda de opinión ampliamente garantizada (Yrigoyen 1986: 32). No obstante, algo se diferenciaba respecto de la retórica originaria de la UCR. Ciertamente, ante la “corrupción manifiesta” como producto de un régimen “funesto” que dominaba el gobierno de las provincias, en el que “no hay conciencia que resista, ni deber que no se abdique ante la voluntad del presidente o del gobernador”, la Unión Cívica Radical era definida como “una fuerza representativa de ideales, de aspiraciones colectivas; que combate un régimen y no hombres”12 y que solicitaba el concurso de todos quienes quisieran contribuir a la obra de la reparación (Yrigoyen 1986: 31-32). Esto se diferencia de la concepción del partido de Alem, quien afirmaba que la Unión Cívica “fue desde un principio la coalición de los hombres de bien, vinculados para destruir el sistema de gobierno imperante, que ha producido tan graves perturbaciones en la República” (1986: 40). Para Yrigoyen, en cambio, el carácter movimientista de la UCR sería la expresión de aspiraciones colectivas, como quedaría formulado en su intercambio epistolar con Pedro Molina, en 1909. Ante la exigencia del dirigente cordobés, de una definición programática que se enmarcara en los pronunciamientos partidarios de 1890 y que no se sustentara “sólo en buenas intenciones y propósitos honestos”, Yrigoyen respondía:
Habiéndose congregado ese movimiento [la Unión Cívica Radical] para fines generales y comunes y siendo más definido en sus objetivos, no sólo son compatibles en su seno todas las creencias en que se diversifican y sintetizan las acciones sociales, sino que le dan y le imprimen su verdadera significación […] Su causa es la de la Nación misma y su representación la del poder público (Yrigoyen 1986: 77. El resaltado es nuestro).
Sobre la polémica entre Yrigoyen y Molina, Aboy Carlés y Delamata (2001: 140) señalan que la agresividad descargada en las respuestas a Molina no podría ser comprendida si no se presta atención a que las definiciones que exigía el cordobés “atentaban sobre el núcleo mismo de la construcción de la diferencia política sobre el cual el radicalismo yrigoyenista se estaba constituyendo como alternativa de poder”. Esa diferencia radicaba, precisamente, en una particular concepción de la representación pública que se diferenciaba de la tradición liberal desde la que la UCR originaria fundaba el orden legítimo; queremos decir que, si para Alem se trataba de limitar, dividir y descentralizar el poder (Persello 2000: 68), para el Yrigoyen de 1905, en cambio, el origen de los males argentinos era situado en la presidencia de Roca, en “una insólita regresión que, después de 25 años de transgresiones a todas las instituciones morales, políticas y administrativas, amenaza [con] retardar indefinidamente el restablecimiento de la vida nacional” (Yrigoyen 1986: 25). Posteriormente, en 1908, dicho líder radical -en una entrevista mantenida con Figueroa Alcorta- desconocía la existencia de algún gobierno de origen constitucional en la República (desde 1880), y hacia 1909, sostenía frente a Molina: “No hago más que evidenciar que hay un juicio público supremo, y ojalá que así hubiera una razón de estado superior. El día en que esos atributos se identifiquen por el ejercicio de la soberanía el mundo se asombrará de la grandeza argentina! Esa es la obra de la Unión Cívica Radical, y esa será su solución con todos los esplendores de su genio” (Yrigoyen 1986: 84).13
Una vez asumida la presidencia, el despliegue de la política de intervenciones federales, llevadas adelante entre 1916 y 1922,14 permite observar hasta qué punto la representación política es interpretada por Yrigoyen en relación directa con la encarnación de la soberanía nacional en su propio mandato. Al respecto, el fundamento de la emblemática intervención en la provincia de Buenos Aires, en 1917, es contundente:
El pueblo de la república, al plebiscitar su actual gobierno legítimo, ha puesto la sanción soberana de su voluntad a todas las situaciones de hecho y a todos los poderes ilegales. Que en tal virtud, el poder ejecutivo no debe apartarse del concepto fundamental que ha informado la razón de su representación pública, sino antes bien, realizar, como el primero y más decisivos de sus postulados, la obra de reparación política que alcanzada en el orden nacional debe imponerse en los estados federales, desde que el ejercicio de la soberanía es indivisible dentro de la unidad nacional, y desde que todos los ciudadanos de la república tienen los mismos derechos y prerrogativas. Nada más justamente señalado, entonces, que el ejercicio de las facultades constitucionales del poder ejecutivo de la nación, para asegurar el cumplimiento en los estados de la misma solución, en unidad armónica y solidaridad absoluta.15
Frente a lo anterior, es posible afirmar que, en el uso y fundamento de las intervenciones federales, se pone en evidencia una propuesta monista de la soberanía: la configuración de un pueblo único y homogéneo que respalda las decisiones a partir de un mandato plebiscitario; en otras palabras, hablamos de un modo de gobernar que pone en cuestión las contradicciones o diferencias que supone la relación representativa entre la voluntad popular y el líder que la encarna: en esto, sin duda, radicaría la innovación propia del yrigoyenismo.16
Sin embargo, creemos que la democratización que comienza con el primer mandato yrigoyenista y que inaugura una tradición populista en Argentina (Aboy Carlés 2001: 92-109), no significa la identidad entre gobernados y gobernantes,17 ni tampoco remite exclusivamente a garantizar el acceso al sufragio a nivel nacional. Por el contrario, la democracia populista implica un modo específico de negociar las tensiones que son propias de la pretensión de representar al todo comunitario; ese modo específico —según Aboy Carlés— mantiene un inerradicable elemento pluralista, característico de la gestión pendular entre la representación de una parte [plebs] y el todo [populus] (Aboy Carlés 2013a). En palabras del autor:
La construcción de un espacio relativamente homogéneo supone, por tanto, ese doble proceso de asimilación y rechazo, de inclusión y exclusión de la alteridad constitutiva, porque es sólo ese proceso el que permite gestionar la heterogeneidad interna y externa de un movimiento que mantiene la aspiración a una representación global de la comunidad cuando el camino no es ni la guerra civil ni el exterminio del adversario (Aboy Carlés 2005: 8).
País nacional, pueblo y restauración. La propuesta identitaria de Jorge Eliécer Gaitán
Si en Argentina la vorágine de la reforma electoral transformó el mapa político de dicho país, en Colombia la turbulencia por una reforma similar no fue menor. La trayectoria misma de Gaitán, sin duda, nos da un panorama de que —al igual que la década de 1910 en la política argentina— las transformaciones de los años treinta del siglo XX en Colombia tuvieron un impacto inusitado en su historia.
Después de un fallido proceso de distanciamiento con el Partido Liberal,18 vía el fugaz movimiento conocido como Unión Nacional Izquierdista Revolucionaria (UNIR), Jorge Eliécer Gaitán regresaba a las huestes liberales en 1935. Para aquel momento, el gobierno de Alfonso López Pumarejo iniciaba una serie de reformas sociales y políticas que se enmarcarían en lo que el presidente López había denominado “Revolución en Marcha”. Empero, el fracaso de las aspiraciones transformadoras impulsadas por dicho primer mandatario, que se vería reflejado en la imposibilidad de implementación y efecto de las reformas referidas en la distribución del ingreso y de tierras,19 en 1936 se lograba instaurar en Colombia un imperturbable cambio constitucional que formalizaba el sufragio universal y voluntario para los hombres mayores de 21 años.20
A lo largo de los gobiernos liberales, ininterrumpidos desde 1930 hasta la derrota de 1946, la configuración del gaitanismo como tal germinaría sólo hasta iniciada la campaña electoral de Gaitán en mayo de 1944, usufructuando el prestigio político ganado en las diferentes posiciones influyentes en el interior de los mandatos de López (1934-1938 y 1942-1946) y Eduardo Santos (1938-1942). Sin embargo, la configuración de un movimiento propio por parte de Gaitán, a mediados de la década del cuarenta, no se daría por fuera del Partido Liberal —como el caso de la UNIR— sino justamente desde una disidencia que se consideraría en desacuerdo con los mandatos de la tradicional Dirección Nacional Liberal (DNL). Así, la emergencia de un grupo de políticos liberales divergentes, nucleados alrededor del caudillo en el grupo autodenominado JEGA21 y, más importante aún, con la puesta en circulación de un semanario conocido como Jornada, serían los elementos claves para la candidatura de Gaitán a la presidencia bajo el lema “Por la restauración moral y democrática de la república”. Ciertamente, Gaitán definía su campaña como una búsqueda por restablecer los valores democráticos, perdidos por culpa de una élite decadente y corrupta, como un llamado a “purificar” la moralidad política del país para así evitar una revolución violenta (Robinson 1976: 88).
El reconocido escritor gaitanista José Antonio Osorio Lizarazo, en distintas notas editoriales escritas para Jornada entre 1944 y 1945, celebraba la candidatura de Gaitán no sólo por su lucha contra la “oligarquía” y las “camarillas de políticos”, sino también por su propuesta de “restauración” como forma de rescatar las tradiciones democráticas del propio Partido Liberal. Frente al término mismo de “restauración”, el 5 de julio de 1944, Osorio Lizarazo escribiría lo siguiente: “Usamos advertidamente la palabra restauración, […] no porque ambicionemos el regreso exacto a una época determinada de la historia nacional, sino la vigencia de un espíritu de ética en la práctica electoral, en la inversión de los caudales públicos, en el sentido perfecto de la administración y en otras cosas que el pueblo comprende […]” (Jornada, 5 de julio de 1944).
Esta exaltación del manejo adecuado de la república toma como argumento principal la existencia de un “país nacional” —pueblo— expoliado por una minoría privilegiada encarnada en “el país político” —oligarquía—. Al igual que en el caso de Yrigoyen, la dicotomización del espacio político propuesta por el gaitanismo se establece desparticularizando al antagonista. Así, el “país político” vendría a representar justamente esa “excrecencia irrepresentativa” (Aboy Carlés 2005: 6), una parte corrompida del país, que impide el perfecto ejercicio de la democracia. Dicha desparticularización del antagonismo está presente desde la primera edición del periódico gaitanista Jornada. Para el ya citado Osorio Lizarazo, la defensa de la candidatura de Gaitán se argumentaba en los siguientes términos: “Nosotros no queremos apuntar nuestras brigolas contra nombres propios, ni contra individuos, sino contra los sistemas inadecuados para el momento que vive la República en el concierto universal y en el interior de sus fronteras. Ambicionamos que el Partido Liberal siga siendo digno de sí mismo, de su grandeza pretérita y de sus compromisos para el futuro” (Jornada, 24 de mayo de 1944).
En este sentido, es importante resaltar que aquel antagonismo —que, repetimos, no se establecía completamente por fuera de las filas partidistas— surgía desde el mismo liberalismo, pero desde un lado disidente de dicho partido y considerándose a sí mismo como el sector “auténticamente liberal”. Ciertamente, es desde estos presupuestos que el gaitanismo cree posible generar la “restauración moral” de Colombia.
En la conocida “semana gaitanista” de septiembre de 1945, Gaitán oficializaba su candidatura en un acto multitudinario en la Plaza de Toros de Bogotá con su famoso “discurso-programa”. En éste, el líder del gaitanismo expresaría no sólo que su movimiento estaba alejado de cualquier apoyo del “artificio que constituye y sostiene el país político” o al servicio de “las pequeñas minorías de la oligarquía”, sino que además se constituía como restaurador del “sentido democrático auténtico de la república”, desde la propia tradición del Partido Liberal (Gaitán 1968: 393-399). En palabras del caudillo colombiano: “El régimen liberal, como lo dice su historia, significa defensa de la legalidad, lucha por la verdad. Estímulo de lo honesto y sincero, rectitud administrativa, disciplina en el trabajo, acción liberadora para los oprimidos. […] [N]uestro empeño radica precisa y exactamente en salvar sus olvidadas doctrinas y en restablecer lo más puro de sus normas conculcadas [del Partido Liberal]” (Gaitán 1968: 402-403).
Como era de esperarse, durante la candidatura de Gaitán a la presidencia, entre 1944 y 1946, la pretendida mimetización de su movimiento con todo el Partido Liberal sería problemática, justamente por enaltecer una disidencia que tenía en la otra vereda identitaria tanto a los partidarios del Partido Conservador como al oficialismo de su partido. Ciertamente, la reiteración de agrupar en un solo conjunto a la alteridad en términos como “oligarquía”, “camarillas”, entre otros, reforzaba un nosotros abarrotado en el movimiento gaitanista en tanto pueblo, como símil del “país nacional”; un nosotros poseedor de una verdad inmutable y genuina, y, por ende, propietaria de una soberanía per se restauradora, encarnada en su líder. En una intervención en contra de presentar a las elecciones un sólo candidato liberal22 para enfrentar al conservador Mariano Ospina Pérez, en abril de 1946, Gaitán aseveraría:
Gente de todos los órdenes, conservadores y liberales: os están engañando las oligarquías […] en pie vosotros los oprimidos y engañados de siempre, en pie vosotros los burlados de todas las horas, entre nosotros los macerados como yo […] Pueblo, por la restauración moral: ¡A la carga! Pueblo, por nuestra victoria: ¡A la carga! Pueblo, por la derrota de la oligarquía: ¡A la carga! Pueblo, por vuestra victoria: ¡A la carga! (Gaitán 1968: 435-436).
Los resultados electorales de mayo de 1946, además de traducirse en la recuperación del poder ejecutivo por parte de los conservadores, significó igualmente dos cuestiones paradójicas. Por una parte, comprobó que la atribución de un pueblo homogéneo por parte del liberalismo gaitanista era desmentido en las urnas: un tercer lugar en las votaciones reafirmó, sin duda, que la fidelidad al bipartidismo tradicional por parte de los votantes colombianos de la época era inconmovible. Por otra parte, los resultados de los comicios demostraron, al mismo tiempo, que la mimetización entre el Partido Liberal y el gaitanismo era condición tanto para lograr que Gaitán alcanzara la presidencia en 1950 como para mantener la existencia misma del liberalismo en el país.23 De esta manera, desde 1947, año en el que es declarado Jefe Único del liberalismo, hasta su asesinato el 9 de abril de 1948, Gaitán fue configurando un movimiento beligerante desde el oficialismo liberal. Y, por ende, al igual que en el caso del radicalismo yrigoyenista —pero sin ocupar la presidencia—, el líder gaitanista lograba hacer confluir su causa con la del partido del que era conductor.
Dicha transición del gaitanismo al liberalismo oficial, no fue fácil; sin embargo, el regreso del conservadurismo al poder nacional, y los enfrentamientos sectarios entre militantes de ambos partidos, ayudarían a establecer un binarismo conservador/liberal que después del 9 de abril de 1948 mostraría todas sus facetas violentas (Sánchez 1983). En aquel periodo, Gaitán, a la vez que evitaba una alianza con el gobierno conservador de Mariano Ospina, también azuzaba los ánimos políticos con su nuevo slogan de campaña: “por la reconquista del poder”. Además de lo anterior, a inicios de 1947, el caudillo se consideraba a sí mismo como el “intérprete” de la voluntad popular y como único asegurador de un orden que garantizaría la transformación del país. Para Gaitán: “[He] tenido la suerte de interpretar […] los recónditos sentimientos de una colectividad política que ha contribuido a la grandeza de la patria y que no cree llegada la hora de colocarse a la vera de la historia. […] No fui otra cosa entonces que el soldado que da un paso adelante cuando el peligro reclama voluntarios para una misión en el frente de batalla” (Gaitán 1968: 483 y 491).24
Esta concepción unívoca de la representación y la soberanía que Gaitán logró exponer, estaría sitiada por un contexto de violencia política que nos hace tomar prudente distancia respecto del caso yrigoyenista.25 En efecto, si bien la Argentina de la segunda y tercera década del siglo XX marcaría a fuego la historia del país gracias al surgimiento de una tradición de democratización beligerante propia del populismo (Aboy Carlés 2005), en Colombia, es el enfrentamiento bipartidista de los años treinta y cuarenta de dicha centuria el factor primordial para comprender a aquel país como un proceso tristemente emblemático de la violencia política en la región.
Indudablemente, en la época de Gaitán, el enfrentamiento entre conservadores y liberales era alimentado por la constante provocación discursiva entre las dirigencias bogotanas (Perea 1996) y desde un desnivel de poder generado por el regreso del conservatismo al gobierno nacional. En este contexto, desde el gaitanismo surgía un paradójico llamado a la “legítima defensa” en el caso de que se viesen imposibilitados a realizar su tarea de transformación radical del país.26 Así, en un discurso en la ciudad de Armenia en septiembre de 1947, el líder liberal afirmaba de manera provocadora:
Yo tengo una certeza y una duda. La certeza es esta: nos tomaremos el poder. Y la duda: [¿] Cómo nos tomaremos el poder? Si respetan la Constitución y las leyes de la República y nos dan garantías en las elecciones, nos tomaremos el poder. Y si no nos dan las garantías y se violan la constitución y las leyes, por el derecho de las mayorías también nos tomaremos el poder” (Gaitán en Sánchez 1982: 208).
Igualmente, en la “Marcha del silencio” del 7 de febrero de 1948, Gaitán pronunciaría un breve discurso conocido como “La oración por la paz”, cuya particularidad es parecer más un llamado personal al presidente Ospina Pérez que una arenga partidista. En dicha intervención, el Jefe Único del liberalismo afirmaba lo siguiente:
Señor presidente: vos que sois un hombre de Universidad debéis comprender de lo que es capaz la disciplina de un partido que logra contrariar las leyes de la sicología [sic] colectiva para recatar la emoción en su silencio, como el de esta inmensa muchedumbre. Bien comprendéis que un partido que logra esto, muy fácilmente podría reaccionar bajo el estímulo de la legítima defensa” (Gaitán 1968: 506).
Exigiendo posteriormente acciones de paz para que las luchas políticas se desarrollen “por los cauces de la civilización”, advierte Gaitán:
[…] amamos hondamente a esta nación y no queremos que nuestra barca victoriosa tenga que navegar sobre ríos de sangre hacia el puerto de su destino inexorable [pero] no creáis que nuestra serenidad, esta impresionante serenidad, es cobardía! Nosotros, señor Presidente, no somos cobardes. ¡Somos capaces de sacrificar nuestra vida para salvar la paz y la libertad de Colombia! (Gaitán 1968: 507).
Conclusiones preliminares. Yrigoyen, Gaitán y sus distancias cercanas
En este primigenio ejercicio exploratorio hemos analizado algunos de los rasgos más importantes tanto del yrigoyenismo argentino como del gaitanismo colombiano, intentando rastrear la configuración identitaria de cada movimiento a partir de tres ejes analíticos —de origen teórico— que nos permitieron entender cómo ambos movimientos desparticularizaron la alteridad, enarbolaron una soberanía unívoca y monista y, por último, proponían a sus propias causas como restauradoras de un orden mancillado por un “régimen” o una minoría oligárquica llamada “país político”, según cada caso.
En este orden de ideas, no parece un desacierto considerar que la presencia, tanto del movimiento yrigoyenista como del gaitanista, modificaron las formas partidarias en las que ellos mismos habían construido su carrera política. En este sentido, la caracterización que hace Padoan sobre el yrigoyenismo podría aplicarse también al gaitanismo; según este autor argentino, para Yrigoyen “el radicalismo no era un partido político. Era un movimiento que tenía capacidad de expresar al conjunto de la sociedad. De esta forma su razonamiento concluía identificando a la UCR con la nación” (Padoan 2002: 23). Ahora bien, este autor también señala que lo propio del discurso yrigoyenista es la división de los actores políticos en “réprobos” y “elegidos”, “con lo cual la destrucción de los primeros quedará como una posibilidad latente” (Padoan 2002: 29). Sin embargo, como hemos mencionado anteriormente, creemos que lo que caracteriza al movimiento de reparación nacional, tanto del yrigoyenismo como del gaitanismo, en su pretensión de interpretar y encarnar la soberanía nacional en su propia figura, es lo que Aboy Carlés (2005: 9) define como la “impronta regeneracionista”, propia de las identidades populistas: en éstas lo que está en juego no es la eliminación de la alteridad sino una constante redefinición del demos legítimo de la comunidad, incorporando y expulsando al adversario del campo legítimo de la representación.
La tensión entre la homogeneidad, que supone encarnar la verdadera causa y la reticencia a la erradicación de la alteridad, se puede encontrar en un mismo discurso de Yrigoyen, quien hacia 1923 decía lo siguiente:
Ha llegado la hora de la terminación del largo periodo de nuestra regresión moral y cívica, y no todos quieren comprender, o no alcanzan a definir, los medios que deben ponerse en ejecución para que la transición y la renovación se realice naturalmente, en cumplimiento de exigencias superiores de la Nación. Y ello sin hesitación, y también sin dividir al país en dos sectores irreconciliables: elegidos y réprobos. Hay que propender a la fraternidad entre los argentinos (Yrigoyen [1923] 1953: 83).
Al respecto, tanto la “restauración moral y democrática”, en el caso de Gaitán, como la causa de la “reparación” (que es moral y cívica) de Yrigoyen, tienen en común una apelación a la Constitución —ya sea con el complimiento de la misma o transformándola para los intereses de las mayoríasת, entendiéndola como lugar privilegiado para la defensa de la soberanía popular. Frente al proceso de Gaitán, la renovación constitucional significaría cristalizar la transición de un ordenamiento del Partido Conservador —propio de la Carta fundamental de 1886—, a uno de carácter liberal. Por su parte, en el ideario de Yrigoyen, se trataba de poner en vigencia una Constitución que el líder radical consideraba inaplicada hasta la llegada del movimiento de reparación: “Al terminar el periodo que cumpliera en la presidencia de la República, por primera vez, en la historia política del país, de índole constitucional ejercido en la más absoluta identidad con los preceptos que la fundamentaron” (Yrigoyen [1923] 1953: 22).
Por último, queremos sugerir que, tanto el gaitanismo como el movimiento liderado por Yrigoyen, compartieron una impronta no sólo de dicotomización parcial del espacio político, sino también una particular propuesta redentora del cuerpo político. En una de sus más contundentes intervenciones, a mediados de 1946, Gaitán afirmaba: “No encuentro la diferencia que hay entre el paludismo de los campesinos liberales y el paludismo de los conservadores. […] Estamos a la defensa de esas inmensas masas que constituyen el partido liberal y de esas masas todavía oscurecidas del partido conservador que no han visto la verdad […]” (Gaitán 1968: 460. El resaltado es nuestro).
Así pues, la posible regeneración del adversario —en el caso gaitanista, de “esas masas todavía oscurecidas”—, es justamente lo que les permite a los populismos aquí trabajados, ocluir de su lógica política la eliminación física de la alteridad. Sin embargo, nos gustaría agregar que es posible hablar de otra faceta de dicha regeneración, la cual no funciona aceptando simplemente al adversario al propio campo solidario una vez que se haya transformado en partidario, sino que se traduce en una irrevocable pretensión de redimir al otro, cuyos componentes de expiación, arrepentimiento, conversión, entre otros, podrían resultar mucho menos pluralistas. Una indagación sesuda de la presencia de dichos elementos en los populismos latinoamericanos es una tarea que sugerimos incorporar para discusiones ulteriores.